Tribuna

Salvemos Schengen

La ampliación de la UE la ha convertido en algo demasiado grande. Su estructura arquitectónica y su método comunitario la hacen excesivamente rígida para avanzar hacia su objetivo original: la integración de la economía para evitar conflictos entre los Estados miembros y hacerla competitiva en un mundo globalizado. La Europa que se perfila en el horizonte, si no se remedia a tiempo, es una Europa débil, desordenada, introvertida y muy inclinada hacia la derecha más radical. La imagen que la Unión Europea está ofreciendo en los últimos meses, a raíz del estallido de la crisis de los refugiados, es muy lamentable. Se coloca, además, muy lejos de aquella Europa que se acercaba a ser el paraíso del respeto a los derechos humanos y de la defensa de los valores éticos y morales.
Pensar en una posible disolución de la Unión Europea produce escalofríos si dirigimos nuestra atención a calibrar las consecuencias que tendría para nuestro entorno. De aquella Europa del siglo pasado que, aunque con dificultades periódicas, avanzaba con las crisis, hemos pasado a una Europa con un fuerte potencial de conflicto. Hagamos un somero repaso de la situación de algunos de los Estados miembros: Polonia acaba de elegir un Gobierno que se sitúa en la extrema derecha del nacionalismo y del euroescepticismo;en el otro extremo se sitúa Grecia o quizás también Portugal. El arco parlamentario está más fragmentado que nunca con profusión de coaliciones de extrema derecha o discursos xenófobos en Finlandia y Dinamarca. En Hungría, la izquierda no existe, la extrema derecha avanza y está ya muy presente también en Eslovaquia, Holanda y Bélgica, etc. Ahora la crisis derivada de la oleada reciente de inmigración cuestiona el Acuerdo de Schengen de libre circulación de personas. La posibilidad de la salida de Reino Unido de la UE (brexit); un resurgimiento del conflicto con Rusia en Ucrania, y la inestabilidad política en la periferia, con España, Grecia y Portugal a la cabeza, infunden aún más incertidumbre para 2016.
Temporalmente, porque se avecinan nuevos problemas, la crisis económica ha pasado a un segundo plano. La crisis que domina la actualidad es la de los valores. Su mayor expresión se concreta en el trato que se está dando a los refugiados de países en conflicto bélico. No son inmigrantes ilegales, aunque así los catalogue Europa, son refugiados que huyen del hambre y de la guerra. Y aquí les damos un trato inhumano.
Lejos de cumplir con los objetivos declarados de solidaridad y acogida, la Unión Europea ha optado por reforzar los controles fronterizos, restringir el derecho de asilo y endurecer el trato a los inmigrantes. En ocasiones, la hostilidad hacia los refugiados, promovida desde instancias oficiales, ha derivado incluso en maltrato, discriminación, agresiones y otras barbaridades.
En este escenario, el Acuerdo de Schengen peligra. Pero nada sería más peligroso para la UE que la muerte de Schengen. Sin duda alguna, habría que resucitarlo. Como señalaba hace unas semanas un documento del Instituto Jacques Delors, Schengen significa a la vez más libertad, pero también más seguridad. No debemos olvidar nunca que los países europeos firmantes del Acuerdo de Schengen disponen de herramientas europeas de cooperación policial y judicial disponibles para afrontar la crisis actual. Movilizar estas herramientas es indispensable por razones de eficacia (un país actuando solo es inoperante) y también para promover la confianza entre los Estados. Por ello es necesario mejorar la confianza de los Estados en el control de las fronteras exteriores de la Unión, no en las interiores. Las actuales decisiones tomadas por el Consejo Europeo son cobardes e inadecuadas. Traspasar el problema a Grecia, pues por sus fronteras llegan a Europa la mayoría de refugiados, es un despropósito: Grecia por sí sola es incapaz de frenar esta situación, como le ocurriría a cualquier otro Estado de la Unión. Además, es irónico decirle a los griegos que se entiendan con Turquía (que como sabemos es su mejor amigo) y que el dinero para poner en marcha una acción gigantesca de acogida ya les llegará. Desde luego, obviamente, los últimos años no están siendo los mejores de la historia de Grecia.
¿Se imaginan volver a las fronteras interiores en la Unión? ¿Qué coste tendría para el sector del transporte, para los trabajadores fronterizos, para las empresas exportadoras a otros países europeos, para 400 millones de europeos? Un paso hacia atrás, ¿a quién beneficiaría? Debemos unirnos para afrontar los retos con el espíritu de colaboración y solidaridad que dio nacimiento a la UE. ¡Salvemos Schengen!

Agustín Ulied es Profesor del Departamento de Economía de ESADE Business and Law School. Miembro del Team Europa