Editorial

El saneamiento pendiente de la banca italiana

La maquinaria política italiana, con su ministro de Economía, Pier Carlo Padoan, al frente, trabaja intensamente en Bruselas para pactar un modelo de reestructuración bancaria que no resulte tan drástico como el realizado en España. En lugar de un rescate a la española, Roma quiere convencer a la Comisión Europea para que autorice una purga más suave y a más largo plazo que resulte menos gravosa para el sistema financiero del país. Frente al modelo español, que impuso pérdidas generalizadas para accionistas y bonistas, incluidos los titulares de preferentes, Italia busca pactar un sistema de avales públicos que permita a la banca descargarse de forma menos costosa de su enorme lastre de préstamos fallidos o dudosos. El plan de Padoan consiste en titulizar esos préstamos para venderlos y amortizarlos a muy largo plazo con el aval del Estado. Ello permitiría reducir las pérdidas para millones de pequeños inversores en un país en el que los hogares son dueños del 30% de los bonos emitidos por la banca.

Como requisito para aprobar esta fórmula, Bruselas exige a Italia que cobre a las entidades financieras una comisión a cambio de esos avales públicos e impida así que la banca italiana se beneficie de una ventaja competitiva respecto al resto de la europea. Pero, más allá de ese extremo, el núcleo duro de la negociación pasa por arrancar a Roma el compromiso de realizar un saneamiento y reordenación profundas de su sistema financiero para eliminar las entidades menos viables.

La banca italiana, que cuenta con numerosas entidades regionales, carga con un volumen de préstamos dudosos o fallidos que en 2014 ascendía ya a 333.000 millones de euros y con una morosidad que crece a un ritmo anual del 20%. Aunque la economía italiana no ha generado una burbuja inmobiliaria similar a la española, sí ha financiado abundantemente el tejido industrial y empresarial del país, que ha sufrido con dureza los rigores de la crisis. La magnitud de activos dudosos que acumula el sector y la atomización del mercado constituyen una bomba de relojería, lo que hace comprensible la presión de Bruselas y la exigencia de que el país no solo sanee, sino también reestructure su sistema financiero.

Dentro del marco de la supervisión única y la unión bancaria, Europa necesita redibujar su mapa bancario y avanzar hacia un modelo de entidades financieras fuertes y solventes, capaces de soportar las inclemencias de los ciclos financieros y de competir en un mercado cada vez más globalizado. El sistema financiero es el corazón de la economía y restaurar ese corazón exige grandes dosis de sacrificio y austeridad, como ha ocurrido en nuestro país. Sea cual sea el modelo adoptado finalmente para sanear la banca italiana, el proceso debe ser realista, transparente y eficaz.