Tribuna

Pekín, Taipéi y la economía

Nunca un estrecho ha separado tanto como el de Taiwán. Apenas 130 kilómetros que dividen a una China continental de otra que es considerada por esta como provincia rebelde. Los resultados recientes en Taiwán arrojan una victoria aplastante, casi insultante, a los partidarios del PDP (Partido Democrático Progresista), los más escépticos con China continental. Una sola China, como reza el manifiesto de 1992, pero en realidad dos mundos bien diversos, antagónicos.

Ni soberanía ni independencia, en medio, esa indefinición que dura más de medio siglo, epígono de aquella guerra devastadora entre los nacionalista de Chiang Kai-shek y los comunistas de Mao Zedong. Nadie, pese a esa veintena de países que de un modo oficioso prestará y reconocerá a la isla oficialmente frente a una China Popular todopoderosa, pero que está inmersa en estos momentos en una crisis económica, financiera y política imprevisible.

Ni el continente ni la isla han vivido de espaldas. Al contrario. El recelo y el reojo han sido constantes, como también su inserción en un tiempo de guerra fría y contención donde los bloques jugaron sus cartas, sus influencias y sus vetos. Los últimos años ha habido un cierto deshielo que, ahora, con la victoria de Tsai Ing-wen y el escepticismo de sus partidarios y quienes la votaron abrumadoramente, tensionará algo más las relaciones, habida cuenta que Pekín sí se había implicado en reforzar las posibilidades del hasta ahora partido gobernante, Kuomintang.

Mas, ¿se necesitan Pekín y Taipéi? El revés político para los intereses de la China continental es claro, como también lo fue el año pasado las protestas reclamando más libertad y un cambio en el modelo electoral en Hong Kong.

China cabalga en estos momentos sobre una montaña de enorme incertidumbre y volatilidad. Económica, pero también social y políticamente. Nada tiene que ver la China costera y de enorme desarrollo industrial y comercial con la China de provincias y más rural. Dos mundos que viven de espaldas. Como tampoco lo que estamos viendo en los movimientos políticos internos del partido comunista. Al socaire de luchar contra la corrupción, hasta qué punto no un mero eufemismo para purgar la propia lucha interna por el poder, están siendo apartados y detenidos líderes, aparatos y presidentes de grandes compañías o emporios empresariales públicos y con gran proyección internacional. La economía China se ha constipado definitivamente. La gran fábrica del mundo vive momentos de enorme desaceleración. Y la voracidad de materias primas, no solo ya de petróleo, que explican y justifican su expansión por otros continentes se frena bruscamente. El régimen chino juega desde hace tiempo a ser una economía de mercado pero sin derechos y libertades para sus ciudadanos. Segundo eufemismo.

Su fortaleza en Asia y expansión entre el Índico y el Pacífico tiene un competidor cada vez más instalado, Estados Unidos. Esa ruta marítima es la llave de la economía. Ninguno domina ni se sobrepone al otro, pero compiten abiertamente. Quienes han dependido en los últimos años de las inversiones chinas para suministrar bienes, pero sobre todo proveer materias primas, se abocan a una mayor crisis. El petróleo bajará incluso de los 25 dólares. La caída bursátil incesante china amenaza con volver a recaer en lo peor de la crisis de 2008. Todo es incierto. Ignoto. Indefinido.

Capitalismo y comunismo tienen dos caras en un país donde las diferencias sociales y el antagonismo ciudad-campo puede convulsionar. Al Gobierno chino le interesa sobre todo mejorar esa calidad de vida. Su control férreo de la economía es su único salvavidas. La ralentización y paralización o impacto y frenazo con al crisis puede hacer convulsionar el sistema mismo. Consumir, pero antes producir hacia dentro. Reducir sus exportaciones para procurar un consumo y mejora del nivel de vida que evite la polarización y tensión interna. Estallidos sociales. El gran enemigo del aparato de poder comunista, hasta ahora silenciado, aplacado y condenado como toda disidencia, o el acceso verdaderamente libre a las redes y a internet. Las censuras no pueden ser eternas.

Lograr la estabilidad interna, el seguir creciendo aun a menor ritmo, el evitar el colapso y la fractura social entre ricos y pobres, ciudades, sobre todo las industriales, y un campo más depauperado, amén de purgar cualquier disidencia, pero también rival, es el gran desafío de Xi. El presidente con más poder en décadas.

China y Taiwán, una sola China separada por un estrecho, están condenadas a entenderse. Pero esta relación bien puede ser la distracción perfecta del resto de problemas verdaderamente internos. La economía llevó a China a protagonizar los primeros 15 años de este siglo. Pero también a arrastrar a una nueva recesión a todos.

Abel Veiga es Profesor de Derecho Mercantil en Icade