Tribuna

Elecciones generales

A la hora de leer esto, las elecciones generales ya serán un resultado, aunque no un Gobierno. Ya veremos si lo que los mercados descuentan –un Gobierno del Partido Popular en minoría– tiene sentido. En todo caso, es evidente que se abre una nueva época que seguramente entusiasmará a los columnistas políticos, pero que poco aprecio despertará entre los analistas económicos.

En cualquier caso, lo primero es ver si las encuestas han sido capaces de pronosticar el resultado descontado y después asistir a las negociaciones para la formación de un gobierno cuya estabilidad y esperanza de vida no será la que tenemos acostumbrada. En las crónicas económicas de los próximos años habrá mucha política, como siempre hay cuando los Gobiernos son débiles, más aún cuando la política influye de forma tan decisiva en la economía, como ocurre en España.

Largas negociaciones con resultados inciertos, mociones de censura con posibilidad real de hacer caer Gobiernos, revisión de leyes fundamentales como la Constitución, referéndums, elecciones anticipadas, Gobiernos de coalición… En fin, una nueva era política con la que la economía habrá de aprender a convivir.

Hace ya un tiempo que se paralizaron las reformas estructurales porque así es costumbre cuando llegan elecciones –y este ha sido un largo ciclo electoral–, pero el nuevo momento político llega en un periodo donde las condiciones financieras han mejorado sensiblemente, asistimos a un proceso de normalización del mercado de trabajo, el consumo ha pasado a ser el principal motor de crecimiento estimulado por el retroceso del factor precaución –mejora de la confianza– y el incremento de la renta disponible –recuperación del mercado laboral y descenso del precio del petróleo–.

No es algo que podamos considerar inalterable, pero la inercia del consumo cuando se recupera es capaz de mantenerse más allá del tiempo que puede ser preciso para que la nueva era política se asiente y veamos de qué forma se pacta una política económica –básicamente fiscal, porque la monetaria está cedida– que tendrá que elegir en lo más básico: o se fija en los ingresos y condiciona a ello los gastos, o por el contrario establece sus prioridades en base al gasto y decide después su política de ingresos.

No nos engañemos, siempre hemos tenido mucho más de esto último, fuese cual fuese el color del Gobierno, lo que explica en gran medida que la economía española sea la más endeudada con el exterior del mundo en términos relativos y la segunda en términos absolutos, solo detrás de Estados Unidos. A partir de hoy muchas cosas cambiarán para la sociedad y la economía española.

El nuevo reparto del espectro político exigirá consenso en muchos ámbitos porque los actores tendrán capacidad para proponer e influenciar y pretenderán ejercer ese poder. En otro caso tendremos parálisis, Gobiernos débiles, frecuentes procesos electorales e incertidumbre en cuanto a las políticas económicas. Esperemos a ver cuál es la nueva dinámica.

Un buen punto de partida es que no hay posiciones que defiendan postulados muy radicales, como ocurre en Francia con la extrema derecha o en Grecia con la extrema izquierda.

Anclados en nuestra pertenencia al euro y a la Unión Europea empieza un tiempo diferente y que paradójicamente desde la falta de dominancia de una fuerza política ha de afrontar una de las listas de tareas pendientes más densa y con más exigencia de transformación de la sociedad española en décadas. ¿Los mercados? No creo que haya que preocuparse mucho. Se acostumbran a todo.

José Manuel Pazos Royo es socio director General de Omega IGF.

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