Editorial

Un modelo para crear mejor empleo

El buen comportamiento del empleo este noviembre es el penúltimo capítulo –el último será diciembre– de una legislatura en la que se ha dado un vuelco a la evolución del mercado laboral en España. El undécimo mes del año se cierra con 17,2 millones de afiliados a la Seguridad Social y 4,1 millones de desempleados, frente a igual número de cotizantes y 4,4 millones de parados que había en España hace cuatro años. El saldo global de ese período arroja así una reducción del paro y el mantenimiento del empleo, gracias a una recuperación que se inició en la segunda parte de la legislatura y que ha colocado a la economía española a la cabeza de la zona euro en tasa de crecimiento.

Pero más allá del saldo numérico, indudablemente exitoso en una crisis, lo más relevante de este período ha sido el cambio de tendencia en la evolución del empleo. Las cifras de paro de 2011 alimentaban una sangría constante de pérdida de empleo; las de 2015 se registran en un mercado cuya curva es alcista y que ya no destruye, sino que crea puestos de trabajo. Se trata de una diferencia esencial, más destacada que el resultado que arrojan las cifras globales.

El perfil del empleo recuperado estos dos últimos años es el que corresponde a una economía recién salida de la crisis, en la que la confianza crece poco a poco y las empresas contratan con la vista puesta en un horizonte a corto y medio plazo. Ese escenario explica las altas cifras de temporalidad contractual frente al escaso porcentaje de empleos fijos, así como el aumento, aunque a un ritmo más moderado, del trabajo a tiempo parcial. Hay una segunda explicación para esta radiografía de la contratación: entre los sectores que más empleo generan se encuentran, además de la industria, la hostelería y el comercio, dos áreas donde tradicionalmente existe una alta tasa de temporalidad. Otro tanto se puede decir de los salarios, cuyo ajuste ha permitido ganar competitividad, pero que reflejan las limitaciones y cautelas propias de una economía que ha sufrido un largo invierno.

Precisamente por ello, España tiene ante sí el reto de acompasar la calidad del empleo a la progresiva consolidación del crecimiento. Ello exige ampliar y diversificar la base de la actividad económica con un nuevo modelo productivo en el que se primen las nuevas tecnologías, las manufacturas de calidad con valor añadido y el conocimiento. Un modelo competitivo y flexible, capaz de resistir con mayor solidez los embates de los ciclos económicos y de generar puestos de trabajo más especializados y de mayor calidad. Se trata de una vieja asignatura pendiente que hoy resulta más urgente que nunca abordar y que debe ocupar un lugar primordial en la hoja de ruta de la próxima legislatura.

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