Editorial

Una forma más complicada de hacer banca

El negocio bancario ya no es lo que era. Los términos de una operativa que reportaba elevados niveles de rentabilidad con bajos requisitos de capital se han invertido, y las exigencias de los inversores no tienen su correspondiente reflejo en los retornos. Las operaciones de banca de inversión no se presentan ni en cantidad ni en margen como antes de estallar la crisis financiera. Y la banca al detalle, en la que la española es especialista, no proporciona los márgenes suficientes como para ofrecer unas cuentas jugosas. En los nueve primeros meses del año, los bancos españoles han ganado bastante más dinero que en el mismo periodo de 2014, y en proporciones que para sí quisieran muchas otras industrias en este punto de la recuperación de la economía. Pero una vuelta rápida al paradigma del negocio del pasado ya se da por descartada, y seguramente no volverá nunca.

La crisis no se ha despejado del todo, las provisiones siguen presionando aunque lo hagan con menos intensidad, la vigilancia de las comisiones es estrecha y el escenario de tipos de interés es un cepo que deja poca libertad a los márgenes. En la captación de pasivo, de financiación, ya no dispone la banca de recorrido, salvo que comience a ofrecer tipos negativos como en otros países de forma marginal; y en la concesión de crédito la guerra iniciada hace unos cuantos trimestres para cebar las carteras que lentamente se jibarizaban por la amortización natural del crédito vigente, debe darse por cerrada porque no da más de sí. Lo lógico es incrementar los tipos de los créditos si se quiere que de forma individual cada operación tenga rentabilidad propia, en vez de estar amparada en otro tipo de operativa bancaria con la clientela. Los bancos tienen que recuperar márgenes fundamentalmente por la vía del activo, pero siempre deben hacerlo con pies de plomo, puesto que la competencia sigue siendo muy intensa y no hay margen para la prueba y error, y ya no puede entidad alguna permitirse el lujo de insistir en la contracción de su cartera, salvo que las amortizaciones sean sustituidas por crédito de más calidad y mayores retornos.

Aunque las tasas de mora ceden lentamente, al ritmo que puede permitir una economía que comenzó el año con mucha fuerza pero que por las circunstancias que sean (incertidumbre política o frenazo mundial) se ha desacelerado, España ha sido una decepción en los nueve primeros meses para los bancos. El negocio recupera terreno, pero muy lentamente, insuficiente para los deseos de los gestores de un negocio tan vigilado como el financiero.

Y el problema es que este escenario de tipos, que a fin de cuentas es el corsé que más aprieta a la banca, ha venido para quedarse, a juzgar por las señales que envía el BCE. A esta manera de hacer negocio debe acoplarse la banca, que si hace unos años era la más rentable y solvente de Europa, tendrá argumentos para hacerlos valer también ahora. Más allá del ejercicio de las proyectadas fusiones, debe especializarse por franjas de clientela, digitalizarse plenamente y ampliar los servicios que proporciona.

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