Editorial

La recuperación precisa puentes de acuerdo

La política tiene cosas tan increíbles como la que ha resultado de las elecciones catalanas, que contribuyen a que el escenario del día después parezca un estanque lleno de besugos, en el que quienes delimitaban en la campaña los comicios a un ejercicio riguroso de elecciones autonómicas, que solo elige al Gobierno regional, quieran ahora interpretarlas como un plebiscito, y que quienes lo habían planteado como un ejercicio plebiscitario quieran ceñirse a una convocatoria autonómica regular. Así, los unionistas y los dos grandes partidos estatales recuerdan que la pretendida condición de referéndum vinculante atribuida por la Generalitat de Cataluña, desautoriza a los partidos independentistas para mantener su hoja de ruta hacia la secesión, mientras que los independentistas estiman que una mayoría de escaños, un simple triunfo en escaños de hecho, es suficiente gasolina para poner en marcha la constitución de los pilares de un estado catalán que pueda desengancharse del estado español.

Mal puede producirse el acuerdo político que reclaman todas las mentes sensatas, si no hay forma humana de ponerse de acuerdo en el diagnóstico de lo que ha pasado. Pero con los números en la mano, ahora ya definitivos, pues se ha escrutado el 100% de los sufragios emitidos, los integrantes de Juntos pel Si (Convergència y Esquerra Republicana más sus agitadores sociales) han ganado las elecciones para gobernar la comunidad autónoma catalana, pero carecen de mandato para otra cosa, pese a que ellos han dicho que tratarán de construir, con el presidente Mas a la cabeza y desde la fuerza de la que dispondrán en el Parlamento, las herramientas de un Estado nuevo, de un Estado catalán. Esto es: que la embestida secesionista no ha concluido, sino que parece haber rearmado su impulso, lo que obliga a dos cosas por parte de quien gestione el Estado español, sea quien sea.

Primero, a estar dispuesto a aplicar sus herramientas para que la Constitución no sea vulnerada con decisiones unilaterales, con los costes que ellos tiene, y segundo, que en Cataluña hay un problema corregido y aumentado desde el pasado domingo, y que consiste en que una muy buena parte de los catalanes quiere algo más de lo que ya tiene en materia de autogobierno; y dado que no se puede mantener de por vida una situación de continuo tira y afloja con una región que genera el 20% del PIB, hay que buscar una solución negociada definitiva, o al menos, tan duradera como la que se logró en 1978.

Ayer recordábamos en estas páginas que la sociedad española ha estado jugando con fuego con estas cosas con la suerte de no haber perturbado una recuperación económica que necesita como el comer, pero que esta situación podría quebrarse. Ayer un buen número de responsables de la economía, empresariales fundamentalmente, alertó de la necesidad de buscar esos puentes por los que la comunicación lleve al entendimiento. El propio presidente Rajoy, sin haber modificado su posición, volvió a ofrecer diálogo sobre cuantas cosas quiera plantear el nuevo gobierno de la Generalitat, siempre que no vulnere lo que la ley consagra y que básicamente es la unidad y la soberanía nacional. Esperemos que no sea una simple declaración, y que de la literatura se pase a las matemáticas.

Ni Madrid ni Barcelona, ni el Gobierno de Rajoy ni el que salga de las elecciones de ayer para Cataluña, pueden entregarse a la negligente actitud de no hacer nada, puesto que en tal caso el problema engordará más y hará más difícil su inevitable solución. Unos y otros, y aún no los ausentes de responsabilidades directas, estarán tentados a utilizar lo que ha pasado en la campaña electoral que inevitablemente ha comenzado ya para las generales. Pero no sería nada bueno, de hecho sería muy malo, dejar pudrir este asunto y repetir la confusión y la descortesía con los administrados que ya se produjo en las elecciones andaluzas de la primavera, que no fructificaron en gobierno hasta pasadas las de carácter nacional.

En el aire está la continuidad de Artur Mas al frente de la Generalitat, consecuencia de lo ajustado de sus resultados. Sus socios y alrededores sabrán si le mantienen o le dejan caer; pero no es el mejor momento para que Convergéncia, protagonista de treinta años de estabilidad política en España, pierda el control del guión político en Cataluña en favor de los más radicales.

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