Tabernas, casas de comidas y un burdel dan cuenta de la vida cotidiana

Pompeya, la ciudad donde deambulan los fantasmas

Guía rápida para recorrer en tres horas una de las ruinas romanas más visitadas del mundo.

Restos del templo de Júpiter, con el Vesubio de fondo.
Restos del templo de Júpiter, con el Vesubio de fondo.

Si no fuera por la cantidad de turistas y operarios en labores arqueológicas y de mantenimiento que pululan por Pompeya, cualquiera podría pensar que es una ciudad fantasma, casi intacta para deleite de historiadores y desenterradores de antiguos tesoros.

Si no conociéramos su épica, cualquiera se preguntaría qué pasó allí para que muchos de sus habitantes, ciudadanos romanos, abandonaran prácticamente con lo puesto esta populosa ciudad de burgueses y comerciantes. A otros muchos no les dio tiempo y allí quedaron sus restos, inmortales, atrapados por la lava y las cenizas.

La imponente imagen del Vesubio haciendo sombra a los restos de la histórica urbe sobrecoge al viajero

El foro –que era el centro cívico y el corazón de la vida comercial–, el gran teatro, la necrópolis, las termas, los templos, algunas de las increíbles casas propiedad de los más ricos del lugar o el prostíbulo permanecen casi intactos y hacen intuir al viajero cómo era el día a día de sus antiguos habitantes.

Casi cualquier día del año, miles de clics de cámaras de fotos y móviles suenan al unísono para inmortalizar la majestuosa estampa del Vesubio que se divisa desde diversos ángulos de esta próspera, entonces, y castigada ciudad.

El volcán. Una montaña de casi 2.000 metros de altura tristemente célebre por sus erupciones. La última, en 1944, cuando destruyó buena parte de la ciudad de San Sebastiano; la más famosa, la del año 79 d. C., cuando sepultó Pompeya y Herculano. Pocos años antes, la urbe había sido asolada por un terremoto.

Un antiguo paso de cebra para sortear las aguas.
Un antiguo paso de cebra para sortear las aguas.

Hoy, adentrarse en las calles de Pompeya es un paseo al pasado, sin billete de vuelta. Su historia, edificios y buena parte de sus gentes quedaron allí sepultados.

Turistas de diversas nacionalidades deambulan por sus calles en una inmensa torre de babel, se cuelan en las casas que aún se mantienen en pie –como la lujosa casa de Fauno, la de Amaranto o la de la columna etrusca– y recorren sus estancias e inmortalizan mosaicos y utensilios de la vida cotidiana.

El calor suele ser sofocante y, entre visita y visita doméstica, se impone un alto en las tabernas del lugar, los thermopolia, donde se servían bebidas frías y calientes, o en las cauponae (pequeñas casas de comidas). Nadie los atiende, pero los vestigios acumulados dan cuenta del hedonismo de los habitantes de Pompeya.

Caminando, reconocemos el macellum, el gran mercado de alimentos; las termas, donde los habitantes se relajaban; las palestras, lugar de recreo y prácticas deportivas, que incluía lo que hoy serían nuestras piscinas, y el espectacular teatro de Pompeya.

Además del culto al cuerpo y a los placeres carnales –el lupanar local está perfectamente indicado y decorado con motivos eróticos–, los romanos no descuidaban el espíritu. Durante nuestro paseo descubriremos los templos en honor a Júpiter, Apolo o Vespasiano y también el de Venus. El de la diosa del amor disfrutaba de vistas al mar.

Excavaciones reales

Tanto Pompeya como Herculano cayeron en el olvido y no fue hasta 1748 y 1738, respectivamente, cuando ambas fueron redescubiertas. Carlos III de España y VII de Nápoles fue uno de los principales impulsores y financiadores de los trabajos de excavación.

El Jardín de los Fugitivos

En 1961, las excavaciones dejaron al descubierto los cuerpos de 13 personas (adultos y niños) que huían de la erupción y trataron de esconderse en lo que se cree era un antiguo huerto, hoy conocido como el Jardín de los Fugitivos, que ofrece una visión congelada de las últimas y terribles horas de Pompeya.

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