Fernando Meana, coleccionista de arte

“El artista quiere que su obra la compre alguien decente”

"No me he comprado casas ni yates, me he gastado lo que he ganado en arte"

Sufre cada vez que tiene que sacar una obra de su casa

“El artista quiere que su obra la compre alguien decente”

Es coleccionista desde 1969, y asegura que el hecho de coleccionar surge “como todas las cosas, cuando eres pequeño”. Porque Fernando Meana, bilbaíno, de 81 años y abogado de profesión, señala que todos “tenemos instinto de atesorar objetos, cromos, peonzas...” Todo comenzó cuando se casó y sus suegros le regalaron una escultura de bronce del artista vasco Vicente Larrea. “Estábamos un poco despistados en aquella época y no sabíamos qué hacer con ella”.

Pero con esta primera pieza empezó a entrarles el gusanillo, comenzaron a frecuentar exposiciones de arte contemporáneo, a visitar los estudios de pequeños artistas, “y ahí comienza todo”. Empiezan a adquirir obras de arte, “y es cuando te atreves a ir quitando de tu casa los regalos de boda”, explica en su domicilio del madrileño Paseo de la Castellana, decorado con importantes obras, no por lo cuantiosas sino por el sentimiento con el que Meana habla de cada una de ellas. “Empiezas a enamorarte, es un sentimiento difícil de explicar, hasta que llega un momento en el que ya no entran en tu casa, y tienes que guardarlas en un almacén o prestarlas para exposiciones”. Aunque reconoce que sufre cada vez que tiene que sacar una de su casa. “No me gusta, corren peligro”. Lo dice porque recientemente ha vivido un percance con La pasión según San Mateo, de Pepe Espaliú, “se ha caído y ahora hay una restauradora arreglándola, te supone un quebranto económico”.

Equivocado con la fotografía

Habla con verdadera pasión de esta afición que le ocupa los días. “No te puedes desenganchar”. A lo largo de los años ha aprendido varias cosas, a renunciar a aquello que no podía pagar y a quitarse prejuicios, como el de que la fotografía era un género menor. Hasta que su amigo Pepe Cobo le dijo en su galería de Sevilla que estaba equivocado. Ahora está convencido: compró una fotografía de Cindy Sherman cuyo valor se ha multiplicado por diez.

En casa de Fernando Meana no hay ningún rincón al desnudo. En la pared del salón hay una gran pieza de Rivane Neuenschwander, y sin dejar de fijar la mirada en ella, reconoce que ahora que está jubilado compra menos. “He tenido mi trabajo y he ido pagando poco a poco, no tengo un gran patrimonio personal, no me he comprado casas ni yates, me he gastado todo lo que he ido ganando en arte”.

Cuando compra negocia el sistema de pago. Y entiende perfectamente el lenguaje en el que se mueven los artistas. “Quieren que su obra vaya a parar a un buen coleccionista, les gusta que seas un buen comprador, pero sobre todo alguien decente”, dice mientras enseña una compleja pieza que tiene en el amplio recibidor de su vivienda. Se trata de una lámpara del artista alemán Manfred Pernice, cuya historia demuestra esa complicidad que existe entre el vendedor y el comprador de arte. Ocurrió en la feria Frieze de Londres, donde coincidió con unos galeristas de Berlín que conocía previamente, que le dijeron que el artista había pensado que esa obra era para él. “Le dije que en ese momento no podía comprarla porque tenía varios compromisos adquiridos”. Pero el último día de la feria se encontró con la obra embalada y lista para viajar a Madrid. Acordaron que la tuviera durante un año y que en ese tiempo decidiera el plazo en el que se lo pagaría. “En unos meses cobré un dinero en el despacho de abogados, se lo envié y me lo devolvió porque no había pasado el año acordado”.

Explica Meana que jamás ha atesorado arte como una inversión, aunque siempre ha tenido buen ojo para invertir en artistas emergentes, sobre todo mexicanos y brasileños. “Hay que tener instinto, feeling, y eso se consigue viendo mucho”, explica. Reconoce que alguna vez ha vendido alguna obra, sobre todo ahora que no tiene una actividad remunerada. “Las he vendido, por ejemplo, con el fin de comprarles unos pisos a mis hijas”. Reconoce que es una afición absorbente, que le ha llevado a ocupar cada rincón de su casa, incluidos los cuartos de baño o el vestidor, con obras de artistas como Enric Sala, Francis Picabia, Los Carpinteros o Cindy Sherman.

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