Tribuna

Un acuerdo alcanzado in extremis

El lingüista Ferdinand de Saussure, a comienzos del siglo XX, concibió la posibilidad de la existencia de una ciencia que estudiara los signos “en el seno de la vida social”, a la cual denominó semiología. En nuestro país, en la educación obligatoria se enseña la diferencia entre la semántica y la semiótica, siendo la primera la que estudia el significado de las palabras y la segunda, los signos. Pues bien, respecto al acuerdo de Grecia merece la pena que recordemos que para la semiótica hay tres posibilidades de ordenar la narración de los hechos. Ab ovo, la más intuitiva, indicaría que la historia se desarrolla desde su inicio, siguiendo un orden cronológico. La segunda posibilidad, in medias res, señala que la narración empieza en medio de los hechos, pudiéndose hacer una rememoración o vuelta atrás. En la tercera posibilidad, la narración se empieza por el desenlace.

Después de una maratoniana reunión de 16 horas por fin se ha llegado a un acuerdo entre los jefes de Estado de la zona euro y Grecia para negociar el tercer rescate con un valor de 86.000 millones de euros durante tres años. Los negociadores helenos han optado por subirse al tren de la Unión en el último vagón. No tenían más remedio. Lo contrario habría significado su salida del euro, con unas repercusiones casi catastróficas para su pueblo y una peligrosa incertidumbre sobre el futuro para el resto de Europa.

El acuerdo al que ahora se ha plegado Grecia incluye a la Unión Europea, pero también al Fondo Monetario Internacional, muy a pesar de los negociadores griegos. Las medidas aceptadas para optar al rescate son mucho más exigentes de las que se sometieron a votación en referéndum hace más de una semana, por lo que el Gobierno griego tiene ante sí una difícil papeleta para lograr vender el acuerdo a los habitantes de su país.

Entre las nuevas exigencias se incluyen una reforma completa de las pensiones, el aumento de la edad de jubilación, la subida del IVA y la independencia de la oficina oficial de estadística (Elstat) y del consejo fiscal. Lo más significativo del acuerdo es la creación del fondo de privatizaciones para que se vendan bienes públicos por valor de unos 50.000 millones de euros, de los que la mitad irán destinados a la recapitalización de los bancos y el resto a partes iguales en inversiones productivas y el pago a los vencimientos de la deuda.

Pero el proceso no está totalmente cerrado, ya que el primer ministro Alexis Tsipras tiene hasta mañana miércoles para someter a votación el acuerdo y recibir el respaldo del Parlamento. En principio no debería tener problemas, aunque ya en la última votación de hace unos días hubo 17 diputados de su partido que se opusieron a llegar a un acuerdo con la Unión Europea. En este momento, Atenas tiene una urgencia en recibir fondos ya que tiene unas necesidades de unos 12.000 millones de euros de aquí a mitad de agosto.

Alejar el fantasma del Grexit y evitar la bancarrota del sistema financiero heleno ha supuesto finalmente para Tsipras aceptar unas condiciones implacables que, muy probablemente, desembocarán en la necesidad de que Grecia celebre unas nuevas elecciones generales a lo largo de 2015. El actual partido del Gobierno, Syriza, no solo no ha conseguido implementar la mayoría las medidas que planteaba en su programa electoral, sino que ahora no tendrá más remedio que dar marcha atrás en algunas de las medidas ya aprobadas y puestas en marcha durante su mandato.

Es importante recalcar que ahora debería empezar una nueva etapa para los griegos. Pero el tiempo perdido no solo ha ahondado el sufrimiento de ese pueblo, sino que ha incrementado aún más si cabe, la desconfianza sobre el país. De haberse implementado las reformas que ahora se han acatado durante el primer rescate, Grecia nos habría ahorrado inestabilidad económica al resto de miembros de la Unión, a los mercados financieros y una salida de la crisis mucho menos costosa para el pueblo griego.

Pero no todo tiene una lectura negativa. Es cierto que es previsible que los próximos años sean muy duros para los habitantes del país heleno, que tendrán una menor renta disponible. Tendrán que reducir el endeudamiento de las familias y poner orden a sus finanzas públicas. Pero si cumplen, podrán disfrutar de las mieles al final del camino. Nosotros, los españoles, hemos vivido una situación similar, salvando las distancias, pero ahora empezamos a decir que los sacrificios no han sido en balde.

Como decíamos al principio, la semiótica viene de la palabra griega signo. No somos pocos lo que en Europa vemos hoy este acuerdo como una esperanza no solo para el futuro de la Unión, sino para el de cada una de las naciones que lo componen. Este acuerdo aunque in extremis ha de ser como nos recuerda la lingüística, no el final, sino el inicio de una historia basada en los vectores de la nueva sociedad que nos ha tocado vivir: la ejemplaridad, la solidaridad, el talento y el esfuerzo.

Luis Sánchez de Lamadrid es Director General en España de Pictet & Cie e Iñaki Ortega es Doctor en Economía y Director de Deusto Business School en Madrid.

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