Tribuna

Celebrando a Europa

"El olvido que borra, la memoria que transforma”, escribe Milan Kundera en su libro El telón, editado en castellano por Tusquets en versión de Beatriz de Moura.

El pasado miércoles, la celebración en palacio del trigésimo aniversario de la firma del Tratado de Adhesión a las Comunidades Europeas fue una alquimia de ambas cosas. Permitió sentar en primera fila a los expresidentes del Gobierno Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero, en una rara estampa de jarrones chinos de distintas dinastías. Hubo un recuerdo a la tarea cumplida por los dos presidentes constitucionales que les precedieron, Adolfo Suárez y Leopoldo Calvo Sotelo.

Estaba una amplia representación de los equipos que se relevaron en las negociaciones bajo las instrucciones de los sucesivos Gobiernos, como Raimundo Bassols, Pedro Solbes o Ramón de Miguel. Podía verse a los expresidentes españoles del Parlamento Europeo, Enrique Barón y José María Gil Robles, pero faltaba Josep Borrell. El Consejo actual formaba en pleno, salvo el ministro de Defensa, Pedro Morenés, y el de Hacienda, Cristóbal Montoro, reclamados se supone por obligaciones ineludibles. Se veía en amigable conversación a los ex de Asuntos Exteriores, como Marcelino Oreja, José Pedro Pérez-Llorca, Carlos Westendorp, Abel Matutes, Josep Piqué o Ana Palacio. Extrañaba la ausencia de Javier Solana, caballero del Toisón, y la de Joaquín Almunia, que ha cumplido como comisario y vicepresidente en Bruselas. Con esos mismos títulos figuraba en la tribuna Manuel Marín junto a otros anciens combattants que competían en evocaciones de cuando entonces.

Todo estaba preparado en el mismo Salón de Columnas donde el 12 de junio de 1985 se firmó el tratado para la conmemoración, que presidía el Rey, a quien acompañaba su padre.

Hubo un speaker, Pedro Piqueras, a quien se encomendó cuidar la secuencia del acto. Los textos de sutura fueron más allá de los hilvanes precisos y alcanzaron el punto excéntrico de comentarios editoriales. Hubo música en vivo a cargo de la Joven Orquesta de Europa, que interpretó el himno nacional y el Himno a la alegría, considerado como símbolo de la Unión Europea, aunque los británicos consiguieran excluirlo del Tratado de Lisboa.

Luego atacaron otras composiciones seleccionadas de modo que cubrieran las sensibilidades musicales que van del Mediterráneo al Báltico. Después de ese telón acústico, que predisponía a favor el espíritu de los convidados, se optó por la extravagancia de ofrecer un vídeo de la Marca España que en absoluto venía a cuento.

Abrió el turno de intervenciones el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, con referencias a Salvador de Madariaga y alertas a los deberes de la Unión. Siguió Felipe González, sin papeles, casi con el corazón en la mano y los recuerdos imborrables de una jornada 30 años atrás que culminaba un consenso político y social que pasó de ser un orgullo y un ejemplo admirado a ser considerado una aberración, ahora que han dado quienes nos gobiernan por entregarse con afán desmedido al fervoroso cultivo del antagonismo.

Después, el presidente Mariano Rajoy dio un ejemplo de ese proceder y desnaturalizó la ocasión para vestirse de luces y derivar hacia la descarada propaganda partidista, sin conectar con las lecciones que la empresa de anclarnos en Europa hubiera permitido comentar. Del alma de Europa, de que o difunde libertades y derechos o importará esclavitudes, fue imposible atisbar rastro alguno. Cerró el Rey con apelaciones al consenso y a la unidad. ¿Clamaba en vano? Veremos.

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