Editorial

Es la hora del diálogo

Los ciudadanos han hablado. Y lo han hecho con la claridad del grito en el cielo para hacerse entender. El reparto que los votos han proyectado en las urnas en forma de voluntad de cambio exige a los políticos una nueva forma de gobernar. Este 24M ha sido una dura prueba para el partido en el poder y su gestión de la crisis desde el Gobierno, porque el PP ha experimentado un alto nivel de desgaste reflejado en un intenso voto de castigo y pérdida de poder territorial. Para el PSOE, cuyo nuevo equipo federal se enfrentaba, aunque indirectamente, al primer examen de las urnas, ha resultado una fuente mayor de incógnitas a despejar. A la vez, los emergentes Podemos y sus marcas asociadas y Ciudadanos desembarcan –los primeros con mucha más fuerza y ganando a CiU en Barcelona–, aunque unos y otros han quedado lejos de demostrar su capacidad real para atraer votantes en todo el territorio.

Ante el nuevo marco salido de las urnas, la palabra es diálogo. El diálogo es consustancial a los negocios, pero ya desde Platón no lo es menos a la política. Y esa evidencia, que por momentos ha parecido olvidada por gran parte de la clase política española, debe renacer ahora con todas sus fuerzas y enormes posibilidades.

La mayor fragmentación por la que los ciudadanos han optado en las urnas, no tanta como algunos preveían, en una especie de precipitado entierro del bipartidismo, ni tan poca como otros esperaban, con la miopía de quien no pisa la calle, es, si se maneja con inteligencia, una inyección de salud democrática. Y esta se ha de manifestar en la recuperación de aquellas altas dosis de consenso que han sido los pilares de la mayor etapa de democracia, paz y prosperidad en la historia de España. El consenso es la forma más productiva de hacer política, por cuanto se aleja de las tentaciones del indeseable autoritarismo tanto como de esos renovados vientos de populismo, de uno u otro signo, que soplan con diferente intensidad pero preocupante persistencia en muchos puntos de Europa.

Los retos para los nuevos Gobiernos autonómicos y locales son numerosos y muchos de calado, desde su propia financiación hasta el mismo diseño territorial. Y entre esos desafíos no es el menor su imprescindible colaboración en el impulso de la recuperación económica, algo que solo se conseguirá de verdad cuando hayan sido superadas la lacra del paro y la doble lacra del paro juvenil, a las que las Administraciones territoriales ven la cara más de cerca que ninguna otra, y, por tanto, cuando la tasa de desempleo se convierta en un dato definitivamente testimonial.

Está por ver el impacto que los resultados que ayer salieron de las urnas tendrán en las próximas elecciones generales. La tradición dice que los recuentos de los comicios territoriales y locales no son extrapolables al agregado del país, algo tan cierto como que la tradición se ha roto con la llegada de los nuevos entrantes en la arena política, y eso da posiblemente más valor a esta consulta como primera vuelta de las próximas generales. En todo caso, la gobernabilidad de España está íntimamente ligada con la estabilidad en sus Administraciones territoriales, y las dificultades para formar Gobierno en Andalucía tras sus recientes comicios regionales son un precedente tan próximo como inquietante, al tiempo que representan una muy desaconsejable carta de presentación de cara al panorama internacional.

La estabilidad es un bien muy querido por los mercados, y sistemáticamente reclamado por estos, porque los inversores huyen de la inestabilidad como de la peste. En un momento como el actual, en el que la economía da señales de recuperación tomando una velocidad de crucero consistente, en el que el empleo, aunque todavía le falte un largo recorrido, ha empezado a proporcionar indiscutibles buenas noticias, en que las exportaciones presentan su mejor cara y las inversiones se animan, la gobernabilidad y la seguridad que esta proporciona se transforman en preciosas joyas a conservar. Porque, a pesar del positivo paisaje económico que se empieza a adivinar, hay aún muchas incertidumbres en el horizonte y nos estamos jugando la recuperación económica.

Sería una grave irresponsabilidad ignorar que pactar es sano, rechazar que el diálogo es bueno, y entrar en una dinámica de experimentos de gestión política que no se sabe a dónde pueden llevar. El bien común, y esto es inapelable, es el mejor de los objetivos para los ciudadanos, y en él han de afanarse los representantes políticos que estos han elegido ayer en las urnas. Se equivocarán si no convienen en que de la unión nacida del consenso es de donde va a salir la fuerza para dejar de una vez atrás esta crisis.

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