Editorial

La inversión y el riesgo de inestabilidad política

El escenario de fragmentación de los sufragios de la ciudadanía que dibuja la demoscopia desde hace un año, desde la irrupción de Podemos para recoger el descontento social que tres años atrás había surgido en el movimiento 15-M, ha impregnado todos los análisis económicos y ha condicionado buena parte de las decisiones que de largo plazo toman los inversores, los grandes y los particulares. Primeros defensores de la estabilidad política como son, puesto que el dinero valora por encima de todo la continuidad y repudia los giros radicales, los analistas financieros y los gestores de fondos han estado durante meses alertando del riesgo de ingobernabilidad, de italianización, que dibujaban las encuestas, y también de la preocupación que despertaba la subida vertical en intención de voto de un partido radical de izquierda como Podemos, que ha llegado a aparecer como fuerza más votada de la izquierda, desplazando a un partido tradicional y con experiencia de gobierno como el PSOE.

 

Andados los meses, y a medida que se acercan las elecciones autonómicas y municipales, y comienza a divisarse en el horizonte la convocatoria de generales a fin de año, la opción de Podemos ha comenzado a ceder terreno. La irrupción de otras franquicias de nueva creación pero con mensajes más moderados y centrados, la exposición pública de un programa alejado de las necesidades y las convicciones de la mayoría, e incluso algunos episodios de corrupción en sus filas que los sitúa en pie de igualdad con la vieja política a la que pretenden sustituir, ha puesto las cosas en su sitio. Las encuestas le otorgan una representatividad más limitada y pocas opciones de decicir la composición de gobiernos y condicionar la gestión. En paralelo, el dinero ha recuperado el sosiego. El voto se atisba fragmentado, pero con los dos grandes partidos con opciones ciertas de conformar mayorías. Todo el mundo sabe que la gobernabilidad de ayuntamientos y comunidades, y seguramente del país, pasa ahora por pactos parlamentarios, esa especie de segunda vuelta de la que España carece en su sistema electoral, y que siempre que fue precisa, funcionó.

La única variable que en estas condiciones falta por conocer es el grado de volatilidad que puede imprimir al mercado la imperiosa necesidad de buscar esos pactos, además de la que puedan proporcionar factores exógenos, como la crisis pertinaz de Grecia, los choques geopolíticos del este europeo, los precios del crudo, o la efectividad de las políticas expansivas de los bancos centrales, que a su vez han impuesto nuevos paradigmas a la inversión con sus tipos aplanados.

A fin de cuentas, la variable que más contribuirá a que la inversión proporcione razonables retornos será el crecimiento económico, tanto en España como en la zona euro, que a su vez precisa de estabilidad política y poco ruido externo. España es ahora el país de la zona euro con mayor tasa de avance de su economía y con un desempeño en materia de empleo muy abultado, que debería preservarse tras los exámenes electorales, puesto que la primera exigencia que tiene el país es acortar a marchas forzadas sus diferenciales de ocupación. Menos de media docena de intensas reformas económicas han puesto al país otra vez en velocidad de crucero; pero debe mantenerse el esfuerzo reformador para seguir eliminando obstáculos y ganar crecimiento potencial, y sobre todo, debe incorporarse un modelo productivo que complemente al tradicional, que lentamente está de nuevo resurgiendo.

Entre tanto, los inversores deben acoplar su aprecio por el riesgo a los grados de inestabilidad que pueda proporcionar el devenir político. El perfil conservador tiene elementos para preservar su dinero aunque los tipos estén aplanados, buscando alternativas en la renta fija corporativa o en los dividendos de las grandes compañías que nunca han fallado. Los más arriesgados deben seguir poniendo el foco en la renta variable, puesto que si los beneficios de las empresas siguen creciendo al ritmo que lo han hecho en los últimos meses, y deberían hacerlo si el consumo y la inversión de los hogares sigue recuperando terreno, es la opción con mayores opciones de retorno, aunque sea sacudida por episodios de volatilidad. Además, el dinero tenderá a seguir saliendo de una deuda sin rentabilidad para alojarse en activos con más premio.

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