Editorial

La UE será digital o no será

Las empresas europeas no lideraron por casualidad la primera revolución de la telefonía móvil a finales del siglo XX. La rápida definición de un estándar común (GSM) les permitió aprovechar las sinergias de un mercado continental y sacar varios cuerpos de ventaja a la telefonía móvil estadounidense. Pero aquel impulso del GSM –al que contribuyó decisivamente el poder que en el móvil tenía entonces Nokia–, no se ha mantenido, y Europa ha perdido una tras otra las siguientes revoluciones. La última, la del 4G.

La Comisión Europea anunció ayer un plan de 16 medidas, a desarrollar durante los próximos años, para no perder también los saltos tecnológicos en ciernes, como el 5G o la interconectividad cotidiana del internet de las cosas. El plan pretende armonizar normas tan esenciales como las de propiedad intelectual o de protección al consumidor y facilitar el nacimiento y el desarrollo de empresas europeas que puedan competir con gigantes como Google, Apple, Facebook o Amazon. El talento para lograr ese objetivo existe de sobra, como demuestran las innovaciones de pedigrí europeo, como Skype, Spotify o Linux. Pero falta un marco legal y, sobre todo, fiscal que facilite la inversión tanto en las imprescindibles redes de banda ancha como en la elaboración de contenidos y el desarrollo de plataformas que den sentido a esas infraestructuras. Y sentido europeo, a ser posible.

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