Editorial

Una tragedia aérea en el corazón de Europa

La catástrofe del vuelo 9525 de la compañía Germanwings, filial de bajo coste de la alemana Lufthansa, que cubría la ruta Barcelona-Düsseldorf dejó ayer en los Alpes franceses la escalofriante cifra de 150 víctimas mortales, 45 de ellas con apellidos españoles, con todo lo que eso puede significar. La tragedia se produjo después de que la aeronave interrumpiese el contacto con los controladores aéreos y perdiese altura durante varios minutos. Al cierre de esta edición se desconocían los motivos concretos de un accidente que, como toda catástrofe aérea, y más cuando las autoridades aún no descartan ninguna hipótesis, requerirá de una rigurosa labor de investigación para su esclarecimiento.

La aeronave siniestrada, un Airbus 320, estaba a punto de cumplir 25 años de antigüedad, aunque había sido revisada el pasado lunes por técnicos de la propia Lufthansa. El piloto del vuelo contaba con más de diez años de experiencia, lo que hace descartar su inexperiencia como posible factor a barajar. Pese a todo, y como recalcaba ayer el primer ministro francés, Manuel Valls, no se puede descartar todavía ninguna hipótesis. Más aún cuando las especiales características del accidente, en una zona montañosa, a más de 2.000 metros de altura, dificultaba ayer el acceso a los equipos de rescate. La tragedia del vuelo 9525 ha golpeado directamente a tres países europeos. Dos de ellos –España y Alemania– por la nacionalidad de gran número de las víctimas y el tercero, Francia, por tratarse del territorio en el que se ha producido el accidente. Es de destacar la rápida y al tiempo serena reacción tanto de las autoridades francesas –Françoise Hollande comparecía ante los medios nada más conocerse la noticia– como de las alemanas y españolas. Mariano Rajoy, junto a Angela Merkel, visita hoy la zona del accidente –a donde ayer se trasladaron responsables de Transportes de los tres países– acompañado del presidente de la Generalitat catalana, Artur Mas. España ha activado el gabinete de crisis, presidido por la vicepresidente del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, bajo la premisa –obligada– de intensificar al máximo la colaboración entre París, Berlín y Madrid.

El accidente del Airbus de Germanwings es la tragedia más grave sufrida por españoles en vuelos comerciales en el extranjero. Pese a que la seguridad de la navegación aérea es fácilmente constatable –en 2014 se realizaron 27 millones de vuelos en todo el mundo y se registraron 21 accidentes, mínimo histórico– el impacto que supone el elevado número de pasajeros que albergan las aeronaves y la dificultad de encontrar supervivientes en buena parte de estos siniestros hace resurgir periódicamente el debate sobre el rigor de las medidas de prevención. Ni en la industria aeronáutica, como en cualquier otro sector, ni en el control del tráfico, el mantenimiento técnico de los aviones o la propia pericia humana existe el riesgo cero. Pese a ello, el Airbus 320 es un avión europeo –el más vendido del mundo tras el 737 de la estadounidense Boeing– que ha acreditado suficientemente su calidad y solvencia. Mientras Lufthansa, como reacción tras el siniestro, caía ayer en Bolsa algo más de un 1,5%, el fabricante aeronáutico cerraba la jornada con una ligera subida. Germanwings, compañía aérea que más creció en España en 2014, tampoco es una compañía desconocida, sino que forma parte de un gigante aeronáutico como Lufthansa.

La gravedad del accidente hace prioritario atender en primer lugar a la terrible vertiente humana de la tragedia –con la asistencia personal y material a los familiares de las víctimas– y acometer una investigación que debe ser exhaustiva y transparente. A medida que se vayan conociendo los detalles del accidente será el momento de depurar posibles responsabilidades, del tipo y naturaleza que sean, y de profundizar en el debate siempre actual y necesario sobre el modo de reforzar la seguridad en la aviación civil. La coordinación de las autoridades europeas, que hasta el momento ha sido ejemplar, la colaboración de las compañías involucradas y la experiencia de la propia industria constituyen requisitos obligados para avanzar no solo en la investigación de los siniestros, sino en reforzar dentro de lo posible la prevención de las catástrofes aéreas.

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