Tribuna

El debate y la tortura de las cifras

El debate sobre el estado de la nación, que se inició el martes, 24 de octubre, en el pleno del Congreso de los Diputados con una intervención de más de hora y media del presidente Mariano Rajoy, siguió después la pauta establecida desde 1983, que concede turnos sucesivos a los portavoces de todos los grupos parlamentarios. Era el último debate de esta naturaleza dentro de la presente legislatura, que se extinguirá por agotamiento natural en diciembre, a menos que el presidente del Gobierno hubiera hecho uso anticipado de las atribuciones que le reserva el artículo 115 de la Constitución de disolver las Cámaras y convocar a las urnas.

Era el último, pero también el primero, en el que Pedro Sánchez, nuevo secretario general del Partido Socialista, iba a confrontarse con el líder del Partido Popular, que ocupa la presidencia del Gobierno desde la victoria por holgada mayoría del 20 de noviembre de 2011. De forma que la disposición anímica de diputados, periodistas y espectadores irresponsables en general era la correspondiente a una velada de boxeo en la que debía alzarse el brazo del vencedor mientras el otro contendiente quedaba sobre la lona.

Todos los usos parlamentarios cubren de ventajas al que comparece con la clámide del poder pero en esta ocasión en el último minuto, afectado por las menciones que había hecho su contrincante socialista a Bárcenas, al presidente de apariencia impasible se le fue la lengua en el desprecio y la descalificación y al marcar así un gol en propia meta dio el triunfo indiscutido al adversario. Son las consecuencias del extravincere, por decirlo en la terminología tan querida en el Vaticano, o si se prefiere, de sobrepasar el punto culminante de la victoria a partir de cual el intento de continuar con la explotación del éxito significa adentrarse en la propia derrota. Porque una victoria solo puede ser alcanzada si está bien definida, como precisa don Carlos Clausewitz en su libro Sobre la guerra.

En la tribuna de prensa abarrotada como en los días de postín, a los periodistas se les abastece con la entrega fotocopiada de los discursos que se van a pronunciar para que puedan ser mejor seguidos. Pero ni siquiera con esas ayudas a la navegación cabe procesar las cifras, las estadísticas y las listas con mención del puesto correspondiente a nuestro país, que los oradores se complacen en soltar en forma de catarata. La Cámara debería dotarse de un competente servicio de verificación que dejara a cada uno de los intervinientes en su sitio mediante el establecimiento de la exactitud o del error de las cifras aducidas. Además, las dos pantallas que opuestas por el diámetro figuran a media altura a uno y otro lado de la presidencia del Congreso podrían utilizarse para recoger esas cifras de modo que se hicieran más inteligibles para los diputados que se encuentran en sus escaños.

Al terminar la sesión, esos servicios de verificación deberían facilitar la cita completa de los datos, tantas veces seleccionados de manera sesgada para sacarles ventaja dialéctica, dejar clara constancia de qué organismo los avala y de cuáles se han traído a colación falseados para vergüenza de quienes así hayan procedido.

Con tres años de legislatura a las espaldas, es difícilmente soportable que el presidente, comprometido desde su investidura del 19 de diciembre de 2011, siga excavando con denuedo para hacer más profunda la sima en que recibió el país para agrandar los méritos que se atribuye. Lo mismo da que se hable del déficit, que de la deuda que del paro, que de la confianza, o de las cifras de la seguridad social, o del copago farmacéutico, o de las pensiones sin congelar o de las becas que están como nunca. Las cifras, decía Rajoy, son incoercibles, pero hasta que llegan a depurase algunos las han torturado en el debate de estos días para hacerles decir lo contrario si así les conviene.

Miguel Ángel Aguilar es periodista.

 

Normas