El grupo cuenta con cinco plantas en Francia, tres en España y dos en el sudeste asiático

Pikolin, el colchón baturro más internacional

Su fundador abrió en 1948 un taller de fabricación de camas de latón y somieres metálicos

Factura más de 350 millones de euros con sus ventas en Europa, Asia, África y América Latina

Cartel publicitario de 1961.
Cartel publicitario de 1961.

No siempre la humanidad ha dormido sobre un colchón. De hecho, una gran parte de ella no puede hacerlo tampoco ahora. Muchos de los que sí pasan sus noches sobre uno, descansan sobre un Pikolin. Este grupo familiar, nacido a finales de los años cuarenta en Zaragoza, fabrica anualmente 1.770.000 colchones, 625.000 bases y 700.000 almohadas en sus 10 plantas ubicadas en España, Francia y el sudeste asiático.

Cronología

Un trabajador cierra un colchón de forma manual en 1958.
Un trabajador cierra un colchón de forma manual en 1958.

1948. En enero de este año, Alfonso Soláns Serrano funda una empresa dedicada a la fabricación de camas de latón y somieres metálicos en el barrio del Arrabal de Zaragoza.

Mediados de los cincuenta. Se inicia la producción de camas de acero niqueladas y cromadas y somieres-cama plegables.

1954. El taller se traslada a unos locales más amplios en los números 13 y 15 de la calle del Puente del Pilar.

1958. Comienza la fabricación de colchones de muelle.

1959. El fundador registra la marca Pikolin.

Años sesenta. La compañía Pikolin se anuncia en televisión con su famoso “A mí plin, yo duermo en Pikolin”.

1964. Nace el Pikolin Muellespuma. Este era un 50% más ligero que otros colchones. Se anunciaba con el eslogan “Menos peso y más comodidad”.

1973. La empresa inaugura factoría en las afueras de la capital maña.

1988. Se abren las primeras instalaciones en Portugal.

1996. Fallece el fundador. Le sucede su hijo Alfonso Soláns Soláns.

 2001. Pikolin entra en el mercado galo con la compra del 50% de Cofel.

2011. El grupo adquiere Dunlopillo, con dos fábricas en Asia y una licencia comercial para 45 países.

2015. Se pone en marcha la construcción de una nueva fábrica en Zaragoza. Estará operativa en 2017.

Sus orígenes fueron, sin embargo, bastantes más modestos. En 1948, Alfonso Soláns Serrano tenía 25 años y un proyecto. Un taller de unos 500 metros cuadrados, en el número 10 de la calle de Santiago Lapuente de la capital baturra, destinado a la fabricación de camas de latón y somieres metálicos. No eran tiempos fáciles. Había que vérselas y deseárselas para acceder a los materiales férricos, que estaban intervenidos por el Estado, y para conocer dónde comprar latón y acero.

En aquella época, los seis empleados del taller, junto con el dueño, hacían de todo: preparaban la materia prima, forjaban, embalaban, transportaban y vendían. Incluso, vigilaban que no apareciesen los guardias cuando trabajaban de noche. Había que aprovechar cualquier momento en que hubiese electricidad. Los cortes de luz eran frecuentes. En esas madrugadas, uno de los trabajadores se quedaba en la calle y, si veía algo sospechoso, daba patadas a un cubo metálico. Era la señal. Los que estaban dentro apagaban las luces y permanecían en silencio.

No solo trabajaban de noche. A veces, también los domingos, aunque estuviese prohibido. “Teníamos que pedir permiso en la parroquia y la empresa nos tenía que dejar tiempo para ir a misa por las mañanas”, recuerda un antiguo trabajador en el libro que Pikolin editó en 1998 por su 50 aniversario.

En aquellos primeros años, en los que los colchones todavía no formaban parte de la producción de la empresa, los salarios se pagaban en metálico. En 1951 se cobraban 36 pesetas a la semana y una peseta la hora extra.

Solo habían transcurrido seis años cuando, debido al éxito del negocio, el taller tiene que mudarse a unos locales más amplios en los números 13 y 15 de la calle del Puente del Pilar. Habían pasado a ser 30 operarios. Para lograrlo, Soláns había puesto en marcha una red comercial formada por seis viajantes que recorrían España de arriba abajo, a veces, durante 40 días seguidos. Generalmente, en tren. Los colchones continuaban sin aparecer en el catálogo de venta. Su producción no comenzaría, de hecho, hasta 1958. Un año antes había aparecido un anuncio en el diario La Vanguardia. Una empresa italiana, Permaflex, buscaba un socio español para producir colchones de muelles. Soláns vio claro el negocio. Era el futuro. Sustituirían a los jergones de lana, los más habituales en la época. Se hizo con la licencia de fabricación. Nacía así Pikolin, marca registrada en 1959.

Un viaje a Estados Unidos constituye el otro momento fundamental de la marca. Soláns asistió en 1969 en Chicago a la 54.ª Convención Anual de Fabricantes de Camas y Colchones. Ahí entró en contacto con los representantes de un grupo internacional. Springwall. Unos meses más tarde firmaba un acuerdo para la cesión de todos los derechos de fabricación en España del colchón de muelles de esta marca. Este, cuyo sistema de muelles incorporado a lo largo de todo el perímetro impedía el hundimiento de los laterales, se convirtió en el talismán del crecimiento empresarial de Pikolin.

En unas jornadas comerciales en 1975, Alfonso Soláns pronunciaba estas palabras: “Tenemos que estar donde no estamos y llegar donde aún no hemos llegado”. Sus sueños se cumplieron. Tanto, que 40 años más tarde los herederos de este pequeño empresario venden en países tan alejados geográfica y culturalmente como Francia, Ecuador, Nicaragua, Arabia Saudí, Egipto, República Democrática del Congo, Angola, Vietnam o China.

 

El empleado de una gasolinera, padre del “a mí plin”

Imagen publicitaria con el famoso eslogan.
Imagen publicitaria con el famoso eslogan.

Quién no ha dicho alguna vez aquello de “a mí plin, yo duermo en Pikolin”. Esta frase, con la que se anunció la marca durante los sesenta, ha pasado a formar parte del acervo cultural de generaciones de españoles. Llego incluso a aparecer en varias películas.

Detrás de este eslogan no se esconde un publicista o un experto en marketing. Su progenitor es más humilde, el empleado de una gasolinera a la que acudía habitualmente el fundador de la empresa para repostar combustible. Surgió en un diálogo espontáneo mientras el trabajador llenaba el depósito del coche de Alfonso Soláns. Algo tal que así:

“—¿Qué tal, don Alfonso?

—Bien, ¿y usted?

—Yo bien. Claro que usted estará mejor porque... ‘a mí"

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