Editorial

Una caída del crudo con riesgos y beneficios

La imparable caída del precio del petróleo ha revolucionado el panorama económico mundial. El pasado junio, el crudo alcanzaba los 115 dólares por barril y hacía sobrado honor a su calificativo de oro negro. Casi siete meses después, se intercambia a un precio inferior a los 50 dólares por barril, algo no visto desde 2009. Las razones de este desplome tienen que ver principalmente con un exceso de oferta, aunque a medida que pasan las semanas crece el temor al decrecimiento de la demanda, lo que constituiría una señal de agravamiento de la coyuntura económica. Esa incertidumbre, que planea sobre la economía global, unida a la caída de cotización de las grandes empresas del sector energético, ha golpeado las Bolsas y explica en buena parte la volatilidad que se ha vivido en los parqués en las últimas semanas.

Las principales perjudicadas de la guerra de precios del petróleo son las empresas energéticas. Algunos analistas calculan hasta en un 25% la caída de los beneficios por acción de estas compañías como consecuencia de una caída del 50% en el precio del crudo. En el extremo opuesto existen empresas que se están viendo beneficiadas por el abaratamiento del coste del crudo, dado que les permite recortar la factura de costes. Es el caso de las aerolíneas, las empresas de productos de consumo, compañías turísticas, hoteleras, las gestoras de autopistas, industriales, cíclicas y financieras, entre otras. Las ganadoras de esta crisis representan el 80% del total de valores cotizados, lo que supone una buena noticia para los inversores. Analistas como Morgan Stanley cifran hasta en un 13% el aumento de beneficios de estas cotizadas. Valores como IAG, Inditex, Abertis, Amadeus, cadenas hoteleras como NH o Meliá, compañías industriales como Acerinox, Arcelor, Europac y Vidrala, así como las telecos y el sector financiero están entre los valores que salen ganando con la caída del petróleo.

Para la industria del crudo, sin embargo, la espiral de bajada está suponiendo una crisis muy seria. El abandono de pozos de explotación –entre ellos, muchos yacimientos estadounidenses en los que se utiliza el sistema de fracking–, el desistimiento de grandes inversiones –como la que Shell tenía previsto realizar en Catar por 6.500 millones de dólares–, y los recortes de plantillas que se están llevando a cabo en el sector evidencian las horas bajas de un mercado que ve desplomarse sin freno el precio de su materia prima. Los países productores –especialmente en el caso de Rusia y de Venezuela– están asistiendo al hundimiento de sus ingresos y a las consecuencias que ello traerá para sus economías, especialmente cuando la Organización de Países Productores de Petróleo (OPEP) se muestra firme en su decisión de bajar su producción de los 30 millones de barriles al día. También las economías amenazadas por el fantasma de la deflación, como la europea, observan con prevención la caída libre del precio del oro negro. A todo ello hay que sumar el hecho de que es difícil no ver en un descenso tan dramático de los precios, especialmente si se sigue manteniendo en los próximos meses, una señal de enfriamiento de la demanda y, por tanto, la antesala de un empeoramiento de la situación de la economía global.

Pese a todo lo anterior, la rebaja del precio del crudo tiene consecuencias positivas para las economías dependientes del petróleo, como la española, puesto que el ahorro en la factura energética que representa ese desplome incide no solo en un recorte de costes para muchas empresas, sino también en un ahorro sustancial para las familias. De mantenerse en los actuales niveles durante un tiempo, la rebaja en la factura energética supondrá para España y para la zona euro un incremento sustancial de la renta disponible de los hogares y de las compañías y, por tanto, una inyección de oxígeno al consumo y la inversión. La caída del precio desde junio –que supera ya el 50%– equivale a 18.000 millones de euros para la economía española, cerca del 2% del PIB. Todo ello constituye un empujón para una recuperación económica cuya consolidación depende en buena parte del tirón de la demanda interna, pero que debe complementarse con una reforma que aumente la flexibilidad de regulaciones y mercados.