Editorial

El milagro de la inversión europea

El Parlamento Europeo ha visado el plan de inversión elaborado por la Comisión y en el que ha puesto el máximo empeño político el presidente Juncker nada más tomar posesión de su cargo. Pretende movilizar con solo 21.000 millones de euros de recursos públicos una inversión que supere los 300.000 millones, y que debe ser de naturaleza privada y financiada por los mercados. A primera vista, y pese al poder de atracción de las instituciones que dispondrán el dinero público, como son el presupuesto comunitario y el Banco Europeo de Inversiones, no es una tarea fácil si no median decisiones de los gobiernos, de las capitales, que aporten recursos públicos adicionales, ya que en la mayoría de los casos se trata de financiar proyectos muy costosos de infraestructuras, en muchos casos de titularidad pública. El multiplicador del apalancamiento se antoja tan excesivo como necesiario en un continente con las tasas de crecimiento pegadas al cero y los cifras de paro desconocidamente altas.

Por ello, la cumbre europea que el 18 y 19 de diciembre debe decidir el futuro de este plan Juncker debe comprometer esfuerzos fiscales adicionales, de la mano sobre todo de los países con cuentas públicas más saneadas, además de revisar los criterios de cómputo de las inversiones en el déficit excesivo.