Tribuna

Realidades y relativismos

Algunos hablan de contragolpe. Otros, de techos de voto, que no de cristal. Sacan pecho aderezado bajo una vana euforia que no es tal. Asimilan y extrapolan resultados como si el simulacro del pasado 9 de noviembre hubiera sido real, legal y con todas las garantías exigibles a la hora de votar en una democracia que se califique como tal. Pero algo es cierto. Introdujeron sus papeletas y el sentir independentista de cientos de miles de catalanes. Los que ya sabíamos, pero están ahí. Conviene no ignorarlo, sí relativizarlo. Se estiraron las reglas, se permitió o se dejó hacer. Se le censura en cambio al Gobierno, por inacción, incomparecencia. ¿Qué hacer?, ¿qué foto preferíamos, la de la participación ciudadana y pacífica o la de graves altercados entre votantes y fuerzas del orden público? Azuzan al fiscal general desde muchos rincones voces inveteradas. Pero la separación de poderes es la que es, la que hemos querido. Una fábula que nos contaron un día.

¿Quo vadis Cataluña, quo vadis España? Este pueblo que fue aquel que pasó al galope dejando una gran polvareda en el camino, camino y gran pueblo orteguiano. El camino y los caminos de España, o las Hespañas de Castelao. Lo triste y lo grave es la fractura, la enorme fractura y distanciamiento que hay en la sociedad catalana. Partida. No en dos mitades, porque de los dos millones largos de votos y el millón ochocientos de ese derecho a decidir –pantomima frontispicia de la verdadera lectura, que no es otra que la independencia– que dijeron sí a la secesión de España no representan a la mitad del cuerpo electoral. Representan los votos de los partidos nacionalistas, hoy ya todos soberanistas e independentistas, toda vez que Convergència, con o sin Unió y sus ditirámbicos requiebros y filigranas de estar y no estar, se ha abrazado al ideal soberanista, se ha quitado definitivamente la careta.

Es el techo a día de hoy de los nacionalistas, prácticamente el mismo que en 2012 acudió a las urnas y donde CiU se dio de bruces con la realidad, una realidad que le hizo saltar a los brazos del soberanismo a base de agitación, son maestros en la misma y en esta y otras lides, el populismo, la demagogia y la confrontación con España. La fatiga y el robo del que con tanta alharaca barata y manipuladora enjaezan discursos y bravatas.

Mientras, al otro lado, silencio. Largo silencio, soniquete de legalidad. Solo la legalidad. Puerta y portazo al diálogo, mas, ¿se puede dialogar con quien quiere ya solo la independencia?, ¿sobre qué dialogar que no negociar? Ya se negoció en el pasado, González, Aznar, Zapatero, y alimentaron la voracidad. Competencias, transferencias y dinero. Hambre atrasada de querer más. Y distinto al resto. Este es el sempiterno problema del nacionalismo, lo diferente, lo propio, lo único, lo nuestro, donde el otro no está ni, como dicen que dijo aquel general la noche del golpe, tampoco se le espera.

Pese a la euforia, Mas y Junqueras, este mejor cabeza y estratega que el primero, saben que el recorrido es corto. De ahí que el líder de Esquerra quiera y abogue por la vía rupturista acelerada y constituyente. Desprecio absoluto a la ley, a la legalidad, a la ética y a la responsabilidad. Lo hemos visto estos dos últimos años. Advera la vicepresidenta del Gobierno que con este Gobierno no habrá secesión, pero ¿y tras este? Se avecinan tiempos donde las gobernabilidades no serán harto sencillas ni cómodas parapetadas tras mayorías absolutas y rodillos silentes o sordos. Se acaba una forma de hacer política y es posible que nazca otra de pacto y consenso y coaliciones. Y ahí sabe pescar el nacionalismo ante la debilidad de algunos y las carencias de liderazgo. Nadie sabe lo que está por venir o no. Mas está abocado a convocar elecciones autonómicas, que no plebiscitarias. Pero se equivocan si en Madrid se hace un cálculo erróneo, la mayoría silenciosa o disidente que no acudió al simulacro, pero real, de voto el pasado domingo, votaría en contra de una independencia. No lo sabemos. Todo presume que sí. Urgen respuestas y pragmatismo, mucho.

Artur Mas tuvo su día de gloria y su noche ante los corresponsales de medio mundo. Junqueras espera impaciente para abatir la presa. No querían este simulacro, pero sacan pecho. No les queda otra sabiendo como saben que tienen techo. Y ese techo es irrompible por el momento. Pero si algo tiene virtuoso o no el nacionalismo es, amén de sus ensoñadas Ítacas, la paciencia del que teje y desteje esperando a su Ulises. Seguirán jaleando, azuzando, agitando, demagógicamente. Lluvia fina que empapa y acaba calando si no se ponen remedios o a cubierto. Y parece que de esto segundo, bastante poco. Es más, cuidado con victimizar a Mas, es lo que necesita para sacar más votos, con Convergència o con una más que probable nueva formación, anclada aquella en la ciénaga de la corrupción y los desmanes pujolistas.

Abel Veiga es profesor de Derecho en Icade.