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Google y su deber planetario

Los 1.200 millones de dólares (cerca de 1.000 millones de euros) que Google pagará por 60 años de arrendamiento de un campo de aviación de la NASA cerca de su sede de Mountain View es otra apuesta a largo plazo en las tecnologías incipientes como la robótica, la inteligencia artificial y la exploración espacial. Wall Street no le dará a Google ningún crédito a corto plazo, pero el acuerdo puede beneficiar a casi todos los demás.

La permanencia media de una empresa en el índice S&P 500 se encuentra en menos de 20 años, de acuerdo con Innosight, ya que las compañías son adquiridas, quiebran o pierden relevancia. Eso hace que seis décadas sea un horizonte de tiempo optimista –especialmente para una empresa de tecnología, teniendo en cuenta los cambios masivos que sacuden periódicamente la industria–.

El enfoque trimestral de Wall Street supone una duración aún más corta. El cortoplacismo nunca ha sido cautivador para los altos mandos de Google. La publicidad relacionada con las búsquedas de internet siempre ha sido, hasta cierto punto, una forma de hacer dinero para financiar las ambiciones de la compañía en el aprendizaje y la inteligencia artificial. El consejero delegado, Larry Page, recientemente delegó muchas responsabilidades diarias en un subordinado para centrarse en las nuevas tecnologías y productos. El cofundador Sergey Brin dirige “proyectos especiales”.

La gran y disparatada apuesta de 370.000 millones de dólares de Google, incluye coches que se autoconducen, drones, redes neuronales, servicios de internet en globos y curas para enfermedades relacionadas con la edad. La mayoría de las empresas evitan este tipo de pozos de dinero.

Pero el mundo en general podría ser mejor si se emprendieran más esfuerzos de investigación como los de Google. Los vehículos autónomos podrían ahorrar a los estadounidenses 1,3 billones de dólares al año, según Morgan Stanley. Los inversores podrían no ver valor en los intentos de Google de contrarrestar el envejecimiento, pero en unas décadas los ancianos Brin y Page podrían reír los últimos.