Editorial

Una CEOE útil para los empresarios

El 17 de diciembre, una asamblea general de 770 vocales elegirá quien presidirá la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE) hasta 2018. Como en todas las organizaciones desde que llegó la democracia, en la patronal también se han dividido las preferencias entre dos corrientes, dos candidatos, cuando han corrido tiempos convulsos, y se ha consagrado la paz de la unanimidad cuando el viento soplaba de popa. Ahora, la reelección de Juan Rosell para otro mandato solo será posible si supera en las urnas a Antonio Garamendi, alternativa impulsada por Confemetal y varias patronales regionales. Y ahora por primera vez, tras casi cuarenta años de vida, las candidaturas van a ser sometidas al estricto escrutinio de sus programas y de la manera de construir con ellos una patronal fuerte, representativa y útil.

La irrupción de Juan Rosell hace cuatro años estuvo institucionalmente contaminada por la sombra alargada de un predecesor acosado por la justicia. Y el final comienza a tener un carácter no menos contaminado por sendos casos de presunta corrupción del primer vicepresidente de la CEOE, Arturo Fernández, y del presidente de la Cepyme, Jesús Terciado, ambos respaldos explícitos de Rosell en su mandato. Ha tenido Rosell, por tanto, poco espacio para desarrollar una patronal diferenciada, y seguramente le ha faltado también el respaldo necesario para poner en práctica la voluntad purificadora que ahora exige la sociedad a las instituciones de proyección pública.

Por el camino, la crisis y el mal uso de los instrumentos de la formación continua, en manos de patronales y sindicatos, han puesto en revisión un modelo que al menos proporcionaba a las asociaciones territoriales y sectoriales una razón de ser, más allá de la negociación de las relaciones industriales. Pero este modelo, agarrado a estas dos cuestiones, parece tener los días contados si la negociación colectiva se encamina a pactos exclusivamente empresariales, como es de recibo en unos contratos que busquen replicar la productividad y eliminar la indización.

Los empresarios necesitan otra CEOE, que sea tan útil y respetada ahora como lo fue la que en 1984 cogió José María Cuevas. Una patronal representativa de verdad, fuerte, ágil y provisora de servicios a las empresas, aquí y fuera, lobista en el sentido más duro del término si es preciso. Tales territorios han sido en buena parte ocupados por el asociacionismo de la gran empresa (Consejo de la Competitividad) y el rescatado papel de las Cámaras. Hace mucha falta una patronal imprescindible, propositiva y proactiva en la promoción y defensa del compromiso empresarial.