Elon Musk, CEO y dueño de Tesla y SpaceX

El límite está en Marte

Hay gente que tiene la facultad de no aburrirse jamás. Si tienes una empresa de coches eléctricos y otra de cohetes espaciales, rendirse al tedio no parece sencillo.

El límite está en Marte

Dejen que el destino diga la verdad y evalúe a cada uno de acuerdo a sus trabajos y a sus logros. El presente es de ellos, pero el futuro, por el cual trabajé tanto, es mío”. Nikola Tesla fue un inventor serbio cuya leyenda está repleta de conflictos por lograr un reconocimiento que le era esquivo. Solo los años, como pronosticaba en su cita, le dieron la razón como el más increíble inventor de la historia, solo superado, quizá, por Leonardo da Vinci. Tesla falleció en soledad, meses antes que un tribunal le reconociera la invención de la radio tras 40 años de pugna con Guillermo Marconi, y por supuesto, sin saber que la sociedad moderna se articularía en torno a sus creaciones.

Tesla cambió el mundo sin saberlo. Décadas después, su nombre está plasmado en el logotipo de una marca de automóviles eléctricos que quiere reinventar el transporte por carretera. Y su dueño, además, tiene como obsesión “todas aquellas cosas que pueden cambiar el mundo”. Elon Musk (Pretoria, 1971), co-fundador, consejero delegado y máximo accionista de Tesla Motors, es el empresario de moda en EE UU y un imán para los medios: joven, rico, triunfador, y con una vida sentimental activa, todo lo que un medio de comunicación de masas desea. Detrás se esconde un inventor precoz y un inversor de precisión.

Tesla Motors pasa por ser la primera start-up que triunfa en el sector de la automoción. Pero lo hace de una manera un tanto particular. Desde que fuese fundada en 2003 jamás ha generado beneficios. De hecho, el primer trimestre de 2013 fue el primero, y el último, en que registró ganancias. Pero ahí cambio todo. Desde el uno de abril del año pasado hasta hoy la acción de Tesla, que cotiza en el índice Nasdaq, ha crecido un 500%, y su valor de mercado alcanza los 28.000 millones de dólares. Su éxito radica más en lo que se espera de la compañía que en su propio rendimiento. Por ejemplo, espera vender en 2014 35.000 unidades de su único modelo, el Model S, apenas un 0,5% de las ventas totales de Ford en un año. Pero que el coche pueda recorrer más de 500 kilómetros sin agotar sus baterías, que instale sus propias estaciones de recarga por todo el mundo, o que acabe de lanzar su primer prototipo con conducción semiautónoma es lo que atrae al inversor, que ve en Tesla un Silicon Valley sobre cuatro ruedas.

Elon Musk saborea ahora las mieles del éxito. El niño que jugaba en su casa de Pretoria con coches y cohetes posee ahora un fabricante de automóviles y otro de transporte aeroespacial, SpaceX, uno de los primeros contratistas de la NASA. Ese niño de padres separados, que leía a Nietzsche y a la vez programaba un videojuego, decidió en su adolescencia viajar a Canadá, de donde era natural su madre, huyendo del servicio militar sudafricano en pleno apartheid. De casa en casa de sus familiares, Musk combinaba sus estudios con trabajos en granjas y aserraderos, sin abandonar nunca su interés por la física y la programación. Estudió dos años en la Universidad de Ontario, de donde pasó a la Universidad de Pennsylvania, donde se graduó en física y ciencias económicas. Con 24 años comenzaba el doctorado en física aplicada en la prestigiosa Universidad de Stanford, pero al tercer día no volvió. Decidió dar forma a los proyectos que durante sus años de universidad ocupaban su mente, y con su hermano se trasladó a Silicon Valley, donde alquilaron una oficina en la que dormían. Allí empezaron los éxitos.

Con 12 años, igual programaba un videojuego que devoraba libros de Nietzsche. Con 28 ya había vendido su primera empresa

El primero, un software llamado Zip2, que gestionaba y organizaba directorios web para medios de comunicación. Compaq la adquiría en 1999 por 307 millones de dólares. Con los beneficios, ese mismo año ayudó a fundar X.com, una plataforma de pagos online. Un año después se convertía en PayPal, que hoy pasa por ser el principal sistema de gestión de transacciones online. En 2002 eBay la compraba por 1.500 millones de dólares, de los cuales 180 fueron a manos de Musk, que dedicó a cumplir sus sueños. Creó SpaceX e invirtió en la fundación de Tesla. Sin embargo, sus inicios fueron de pesadilla. Los cohetes de SpaceX acumulaban fallos y Tesla era una máquina de devorar dinero. En 2008 Musk había agotado todos sus recursos entre ambas empresas: rozaba la quiebra en pleno inicio de la crisis financiera, y además acababa de divorciarse de su primera mujer. A finales de ese año, SpaceX lanzaba al espacio su última oportunidad para salvarse... y lo hacía sin errores. Días después, la NASA le adjudicaba un contrato de 1.500 millones de dólares, y en cuestión de una semana, los inversores comenzaron a interesarse en serio por Tesla, de la que ya era cabeza visible.

Entusiasta, motivador, para algunos hiperactivo, Musk dice querer vivir para ver cómo uno de sus cohetes lleva al hombre a Marte, un ejemplo de su ambición. En la tierra, se prepara para la construcción de una macrofábrica de baterías para sus coches, la parte más cara de un coche eléctrico, y ha puesto sus patentes al servicio de quien quiera iniciarse en la fabricación de automóviles eléctricos. También posee SolarCity, principal fabricante de paneles solares en EE UU. Su línea de actuación parece clara: invertir en empresas que, como pretendía toda invención de Nikola Tesla, cambien el mundo.