Editorial

Diligencia para sellar el contagio

La irrupción del ébola Europa con la infección de una auxiliar de enfermaría del Hospital Carlos III de Madrid, que había formado parte del equipo que atendió a los dos religiosos repatriados con la enfermedad y fallecidos ambos en el centro sanitario, demuestra que se han producido fallos en el diseño o en la ejecución de los protocolos de actuación diseñados para evitarlo, y precisamente en uno de los sistemas sanitarios que presume de los mayores niveles de calidad de Europa. El asunto es de una gravedad extrema, puesto que se trata de una enfermedad de altísima letalidad y contra la que no se dispone ni de vacunas ni de antivirales experimentados, y exige controles rigurosísimos que a partir de ahora deben intensificarse para atajar posibles contagios secundarios, que tendrían un efecto multiplicador de impredecibles consecuencias sanitarias y de otras naturalezas.

Pero el riesgo llega más allá del que pende sobre la propia vida de los hipotéticos infectados. Las precauciones que hasta ahora se han aplicado a los países africanos donde la enfermedad se ha desarrollado, limitando viajes y contactos, pueden trasladarse a España, con una elevada probabilidad de que afecte a una economía intensiva en actividad turística. El mercado bursátil ya dió ayer un toque de atención a las compañías del sector.