Lo probamos: Club de Golf La Moraleja

Un entorno agradable (y muy exclusivo) para mejorar el ‘swing’

Un entorno agradable (y muy exclusivo) para mejorar el ‘swing’

Un dato llamativo: solo entre el 20% y el 25% de los 6.000 socios del Club de Golf La Moraleja juegan al golf. ¿Por qué se gastan entonces el dinero en pertenecer a ese colectivo? Una acción cuesta hoy unos 35.000 euros, y hace unos años se llegaba a pagar más de 100.000. Su número, además, está limitado: no se crean nuevas plazas, sino que quienes deciden abandonarlas las venden. Solo pueden entrar en el recinto los poseedores de uno de esos preciados títulos, exceptuando a los hijos menores de cuatro años.

Moqueta, toallas limpias, televisiones, sofás y un spa esperan en el vestuario a quienes se van a la ducha.
Moqueta, toallas limpias, televisiones, sofás y un spa esperan en el vestuario a quienes se van a la ducha.

Esa es una parte de la respuesta a la popularidad del club entre quienes no practican el golf: su exclusividad. La otra mitad de la explicación surge por sí sola tras un recorrido por sus instalaciones. Pistas de tenis, pádel y squash, piscinas exterior e interior, spa, gimnasio, salas de juego, dispensario médico, bar, restaurante, terraza... y unos vestuarios enmoquetados con televisión y sofás. Incluso cuenta con una casa aparte, adecuadamente alejada de la sede social, para acoger a los niños y mantenerlos ocupados.

Un entorno agradable (y muy exclusivo) para mejorar el ‘swing’

Volviendo al golf, basta con mencionar que tiene cuatro campos de 18 hoyos, uno de ellos (el número 3, obra de Jack Nicklaus) elegido este año por la revista estadounidense Golf Digest como el segundo mejor de España, por detrás de Valderrama (Cádiz). Quienes lo han probado dicen que es una delicia.

Para los recién iniciados, sin embargo, suficiente trabajo supone concentrarse en cómo darle a la pelotita sin hacer un agujero en el suelo. Ni siquiera las indicaciones del experto profesor Manuel Montes permiten salir razonablemente airosos de la prueba. Esa es la primera lección que se aprende en este deporte: sin paciencia y perseverancia no se avanza ni un milímetro.