Los magnates de la red se apuntan a una fiesta salvaje en el desierto

Por 25.000 dólares tiene langosta y wifi en medio de la nada y a más de 40 grados

El festival Burning Man acoge lujosas fortalezas móviles de estos millonarios

Los magnates de la red se apuntan a una fiesta salvaje en el desierto

Cuando en los años ochenta una veintena de hippies se reunían en medio del desierto de Nevada (EE UU) en una fiesta anual, difícilmente podían imaginar que años después varios millonarios se unirían a su celebración contracultural llena de drogas y desnudos. Eso sí, los magnates se apuntan a la movida con sus fortalezas llenas de lujos y aviones privados.

El festival de Burning Man (hombre ardiendo, en castellano) comenzó a celebrarse en 1986 en el desierto de Black Rock, a 190 kilómetros de la ciudad de Fresno. Durante una semana se reunían un grupo creciente de artistas y espíritus libres en una rave de música, drogas e instalaciones artísticas, que acababa con la quema de una escultura humana de dos metros y medio.

Esta edición comienza el próximo lunes. El año pasado acudieron al festival más de 60.000 personas, incluidos varios de los más influyentes y ricos magnates de internet. Entre ellos, Marck Zuckerberg, consejero delegado de Facebook; Jeff Bezos, presidente de Amazon; Larry Page y Sergey Brin, los fundadores de Google, y Elon Musk, cofundador de PayPal, según informó ayer The New York Times. Este periódico apuntaba a que numerosos inversores de Silicon Valley, la cuna de las empresas de internet en California, y directivos de firmas como Twitter o Uber también se han unido a la fiesta. Todos ellos adaptando su visita a sus lujosas condiciones.

El festival tiene varias reglas. Cada visitante debe llevar su alojamiento (comúnmente es una tienda de campaña o una caravana). También su propia comida y agua, porque allí no está permitido ningún tipo de comercio, solo se vende café y hielo. Se recomienda llevar una bicicleta para moverse por el vasto desierto y vestimentas lo más locas posibles, a menudo más bien escasas. Las drogas son ilegales, pero se encuentran fácilmente, señala el rotativo neoyorquino.

Los magnates de internet han cambiado bastante ese espíritu hippy, pero por 25.000 dólares (18.800 euros) se tiene acceso a verdaderas fortalezas privadas, con chef propio y aire acondicionado en medio del desierto con temperaturas superiores a los 40 grados. En lugar de tiendas de campaña, se montan verdaderas mansiones con camas. El paso está prohibido a los extraños, a no ser que sea una de las modelos invitadas, muchas llegadas desde Nueva York.

El menú incluye langosta, sushi o steak tartar. No falta el agua, la electricidad y el wifi vía satélite. Además cuentan con el servicio de sherpas, que les guían por el festival y les consiguen lo que necesiten. Todos ellos llegan en sus aviones privados hasta el aeropuerto más cercano y se les recoge en coche. Incluso Zuckerber se trasladó a la fiesta en helicóptero. También les facilitan las vestimentas que deseen. Los baños son tráileres como los que se instalan en los sets de cine, con todo tipo de comodidades.

Una comunidad experimental

Burning Man está organizado por una empresa, que se encarga de vender las entradas (a partir de 280 euros) y que define el encuentro como “una comunidad experimental”. Durante estos años, además de gente con ganas de disfrutar de la fiesta, ha reunido a músicos y artistas que realizan enormes instalaciones escultóricas. Además, se pueden ver extrañas carrozas y todo tipo de bicis y vehículos tuneados.

A finales de los años noventa, Burning Man atrajo a la única fotógrafa española de la agencia Magnum, Cristina García Rodero, que dio a conocer con sus espectaculares imágenes el espíritu contracultural de unos asistentes ligeros de ropa y en éxtasis.