Editorial

Acuerdo sobre Cataluña, que no es poco

La primera reunión entre el nuevo secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, y Mariano Rajoy ha permitido esbozar las líneas de coincidencia y disidencia que marcarán la vida política española en los próximos meses. Tal y como anunció previamente, Rajoy acudió al encuentro con la intención de buscar posiciones comunes sobre una serie de cuestiones de Estado. Un corpus en el que el presidente del Gobierno incluye, entre otros temas, la política europea y exterior, la defensa, la política antiterrorista, la regeneración democrática y una respuesta de firme e inequívoco rechazo al desafío soberanista catalán.

La reunión se ha saldado con esta última cuestión como único punto de sintonía. El nuevo secretario general del PSOE ha dejado clara su voluntad de apoyar al Gobierno en el rechazo a un referéndum que los socialistas también considera claramente ilegal. Pero ha reiterado con firmeza la necesidad de abordar un proceso de reforma de la Constitución que permita dar respuesta a esta y otras cuestiones políticas. La respuesta del Gobierno ha sido igualmente clara, al advertir que en este momento no se dan las condiciones para abordar una revisión del texto. El encuentro ha estado rodeado de pequeños gestos formales de buena voluntad, como el hecho de que el líder socialista haya sido invitado a celebrar su rueda de prensa en la sala en la que el Ejecutivo explica los resultados del Consejo de Ministros. Un detalle de mínima cortesía institucional que en la coyuntura política que vive actualmente el país resulta obligada, pero no es suficiente.

Esta primera reunión se produce en un momento histórico que exige grandes dosis de prudencia y responsabilidad por ambas partes. Por un lado, España no es ajena a la ola de desencanto institucional que vive Europa, como han demostrado los últimos comicios comunitarios. Una situación que se ha visto agravada por la extrema dureza de la crisis y por los sacrificios que han sido necesarios para encauzar la recuperación, pero también por la proliferación de escándalos de corrupción en distintos ámbitos de la vida pública. A ello se suma el hecho de que la economía española se encuentra en los albores de una recuperación cuyo éxito depende, en buena parte, de la imagen de solidez y estabilidad que el país sea capaz de transmitir. Es cierto que los últimos datos macroeconómicos apuntan a que ese proceso se ha encarrilado, pero también lo es que se trata de un largo camino, que debe ser todavía recorrido, fortalecido y consolidado. La economía española ha tenido que pagar un elevado precio en todos los ámbitos para recuperar la confianza de los inversores internacionales. Una confianza que puede volver a quebrarse no solo por un posible traspiés en el ritmo de recuperación de la actividad, sino también por un clima de inestabilidad política o una deficiente gestión de las grandes cuestiones de Estado. Precisamente por ello resulta urgente que tanto Gobierno como oposición asuman como tarea común la necesidad de regenerar y normalizar la imagen institucional española, así como de construir un marco político estable respecto a todos aquellos temas que resultan imprescindibles para garantizar la prosperidad y el futuro de un país.

La Casa Real anunciaba ayer, en un gesto sin precedentes, una batería de medidas dirigidas a aumentar su transparencia y reforzar la confianza en la Corona. Se trata de un esfuerzo notable de acercamiento a la ciudadanía y de fortalecimiento de la propia institución. Un proceso que debe trasladarse también al ámbito político y que exige la colaboración de un Gobierno con amplia capacidad de diálogo y de una oposición capaz de no perder de vista su sentido de Estado. La reunión entre Sánchez y Rajoy debe ser un primer paso en esa dirección.