Secretos de despacho

Fernando Caruncho: "Los proyectos de jardines han caído un 80%"

Su espacio de trabajo tiene un ambiente monacal.

“Cada vez valoro más la tranquilidad. Nuestra vida está contaminada por el ruido”, reconoce

Fernando Caruncho: "Los proyectos de jardines han caído un 80%"

Llegar al estudio del paisajista Fernando Caruncho es traspasar el umbral a otro mundo. Situado en la ya de por sí tranquila urbanización Ciudalcampo, a 30 kilómetros al norte de Madrid, al acceder, el ritmo vital cambia. Una pequeña puerta lateral y casi escondida, tapada con jazmín tropical, da paso a la serenidad absoluta.

Caruncho (Madrid, 1957), miembro del Círculo Fortuny (asociación de empresas de alta gama), sabe que su estudio es su mejor tarjeta de presentación como uno de los paisajistas más prestigiosos del mundo. Al acceder se percibe un parterre formado por tres círculos de distinto tamaño. En el mayor hay una fuente, en obras. “Estamos cambiando el drenaje”, se excusa. Frontalmente se ven dos cubos de color arena unidos por una escalera, en un conjunto geométrico perfecto.

El estudio está formado por tres edificios cúbicos, pero el más pequeño, en la parte de atrás, no se ve. Un puerta de cobre da paso al mayor, que acoge el despacho de Caruncho y la zona de visitas. Para entrar hay que bajar unas escaleras de pino de Valsaín (Segovia). El interior es un espacio diáfano, limpio, sobrio, minimalista, de 11 metros de altura. Como esculturas, cuatro columnas de hormigón dan sujeción al edificio. Desde la entrada, la escalera conduce a una pasarela en alto, que dirige al jardín superior a través de tres grandes ventanales, desde los que se ve una sencilla parcela con una pileta como elemento decorativo.

Proyecto en el Centro Botín

Fernando Caruncho: "Los proyectos de jardines han caído un 80%"

“Con la crisis ha caído el 80% de los pyoectos de jardines en España”, reconoce. “Afortunadamente, se ha compensado con los proyectos en el exterior. Mi peaje es que tengo que viajar”. Aun así, no suele tener más de un puñado de grandes proyectos simultáneos. Uno de ellos es la remodelación de los Jardines de Pereda, en Santander, dentro del proyecto del arquitecto Renzo Piano para el nuevo Centro Botín.

El reto ha consistido en cambiar la escala de la estructura, ya que se doblan las hectáreas; mantener el máximo número de vegetación actual, en un jardín que ya es centenario, “y redimensionar la geometría”. Los santanderinos verán un nuevo parque con los parterres azulados, como continuidad de la bahía. “Los hemos querido desmaterializar”, asegura. Probablemente tenga detractores en una ciudad poco acostumbrada al cambio. “Hay que intentar las cosas aunque supongan riesgo. Se fracasa todos los días, es fundamental para el trabajo. El profesional debe trabajar en su zona de riesgo para alcanzar cotas interesantes”, afirma. “Lo crucial de un jardín es que la gente esté a gusto. El sentido poético a veces no llega”.

En su carrera destaca tres proyectos: el Jardín de los Trigos, por el uso de ese cereal en el parterre; “también mi primer proyecto en EE UU”, y un parterre de aguas en el Ampurdán.

A su alrededor tiene libros de arte, una virgen florentina en mármol, rotuladores, un sombrero panamá..., pero destaca una caja en piedra que le regaló un amigo: “Representa el vacío. Me dijo que yo tengo un gran sentido del vacío”.

No se oye ni un ruido. El silencio es sepulcral. La luz entra por los grandes ventanales superiores, por unos ventanucos y por un lucernario en el techo. “Por la luz que entra es casi una continuación del jardín”. El lugar tiene una atmósfera muy especial. Y Caruncho lo sabe. “Este espacio es casi monacal. Cada vez valoro más el silencio. Nuestra vida está contaminada por el ruido”, cuenta mientras va subiendo las escaleras.

Su voz suena a la de un veterano Aristóteles hablando de la vida y el entorno. No tanto como profesor sino como buen conversador. Sus respuestas conllevan filosofía y arte. No en vano comenzó a estudiar Filosofía, una carrera que abandonó en el tercer curso cuando una persona le habló de los estudios de jardinero. “Comprendí que en el mundo antiguo, el jardín era sumamente importante”, relata. “Era una manera de hacer filosofía”. Se formó en el Castillo de Batres, la única escuela, creada por el arquitecto Luis Moreno de Cala. Su primera oportunidad se la dio un familiar, y esa obra apareció en una revista de diseño.

“Soy jardinero, no paisajista”, aclara cuando habla de su profesión. “Desde muy joven digo que soy jardinero, porque es una palabra que arrastra una memoria de 5.000 años, llena de matices, que no quiero que se pierda. No solo es jardinero el de las tijeras, es el hombre que quiere vivir en el jardín para acceder a otra manera de conocimiento”. Cuenta que las claves para ejercer bien su profesión pasan por saber esperar, observar y, finalmente, traducirlo en el espacio.

Él mismo diseñó los edificios, con la ayuda de los arquitectos de su estudio. El cubo pequeño, de seis por seis metros, lo utiliza como espacio más íntimo: “Es mi pensadero”. El segundo lo utiliza el resto del equipo. En el grande, al que solo acceden cuatro o cinco clientes al año y nadie más, reposan una decena de enormes maquetas de sus proyectos, entre ellas las del propio estudio. “Son mis cuadros”, explica.

Aunque entre otros muchos objetos, sobre la repisa de hormigón que rodea la estancia, descansan pinturas, brochas y sus cuadros al óleo, incluso una paleta de colores pintada en el muro. Enfrentadas en sendas paredes, dos chimeneas, una frente a un sofá, que dan calor a la habitación en invierno. Sobre una de ellas, un retrato de Caruncho realizado por su amigo el pintor Hernán Cortés.

Sobre la mesa de reuniones y su escritorio con ordenador cuelgan unas figuras con formas geométricas creadas por él. “Son los sólidos platónicos”, poliedros ideados por el filósofo. Perfectos para el jardinero filósofo.