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El día después del referéndum escocés

Viernes 19 de septiembre, 8.00 de la mañana. El personal de Royal Bank of Scotland de Princes Street, en el centro de Edimburgo, llega a trabajar con cara de sueño. Algunos solo durmieron unas cuantas horas después de una fiesta que se prolongó hasta la madrugada para celebrar la histórica victoria el día anterior de los escoceses en los históricos comicios para la secesión de Reino Unido. Apenas queda whisky en los bares de la ciudad; pero los empleados de RBS están a punto de descubrir algo aún peor. Los clientes comienzan a retirar sus depósitos y pronto podría quedar poco dinero en las entidades escocesas.

Este escenario de pesadilla es improbable: si se maneja adecuadamente, no hay ninguna razón para que un voto afirmativo el 18 de septiembre dé lugar a serios problemas de liquidez para los bancos de Escocia. Sin embargo, con el referéndum a menos de cuatro meses, los interesados en las tres principales entidades con sede al norte de la presunta frontera –Royal Bank of Scotland, Bank of Scotland (ahora parte de Lloyds Banking Group) y Clydesdale– necesidan mucha más claridad sobre lo que sucedería en los 18 meses que quedarían entre el y la fecha propuesta para el independencia formal, el 24 de marzo de 2016.

La estabilidad de la banca del Reino Unido se basa en dos pilares. El gobierno asegura los depósitos minoristas de hasta 85.000 libras (unos 104.400 euros), y el Banco de Inglaterra actúa como prestamista de último recurso en caso de emergencia. El riesgo clave tras una votación a favor de la secesión es que los depositantes duden de la capacidad de una Escocia independiente para asumir la carga. Dado que los activos de los bancos domiciliados en el país constituyen 12 veces el PIB de Escocia, la preocupación sería comprensible.

Con una participación del 80% en RBS, el gobierno británico tiene un fuerte incentivo para asegurar que cualquier transición está libre de problemas. La forma más fácil para que el gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, logre que esto suceda sería una declaración pública el 19 de septiembre de que actuará como prestamista de último recurso en un sector bancario escocés independizado. Lo ideal sería hacer la promesa antes de que la votación se produzca.

Pero sería una gran sorpresa si Carney lo hiciera. Desde principios de año, los políticos británicos han insistido en que no se le permitiría a una Escocia independiente utilizar el Banco de Inglaterra para respaldar la liquidez de sus bancos: eso implicaría la comentada unión monetaria que dejaría a los escoceses seguir usando la libra esterlina. Tal concesión antes de la votación permitiría a la Escocia independentista del primer ministro Alex Salmond decir a los votantes de que el problema bancario ha sido resuelto –lo que aumentaría sus posibilidades de ganar–.

El gobierno británico, que posee un 80% de RBS, tiene un incentivo para asegurar una transición sin problemas

También podría ser difícil para los políticos de Reino Unido aceptar una unión monetaria poco después del 18 de septiembre, ya que les haría parecer hipócritas. Incluso si estuvieran de acuerdo, exigirían desagradables contrapartidas que el gobierno escocés independizado podría tardar en aceptar –como hacer que los contribuyentes escoceses garanticen las pérdidas de los bancos centrales, o asuman una parte mayor de su deuda pública–.

Por ello, Carney, el primer ministro David Cameron y Salmond probablemente deberían anunciar un paso diferente el 19 de septiembre. RBS, Bank of Scotland y Clydesdale podrían llevar instantáneamente su domicilio de nuevo a Londres, y cambiar la marca de sus operaciones escocesas a filiales de una matriz. Esto sería controvertido: incrementaría el ya importante sector financiero de Reunio Unido en relación con su PIB, ahora más pequeño; y la balanza de pagos de la Escocia independiente sufriría, ya que se convertiría en importador de servicios financieros en lugar de exportador. Pero protegería las calificaciones de los bancos de crédito y los costes de financiación –así como la estabilidad–.

La campaña de Reino Unido para menospreciar las finanzas de una Escocia independiente ya está en marcha. El alarmismo podría ayudar a lograr el mejor resultado para la estabilidad financiera –el no–, por lo que es un mal necesario. Pero perder prestigio renunciando a Escocia no sería nada en comparación con lo que sucedería si Cameron y compañía perdieran el control de la estabilidad financiera. Deberían ser tan duros en los planes de contingencia como lo son al hacer campaña electoral.