Editorial

Las gigantes empresariales mueven ficha

Pfizer, AstraZeneca, Alstom, General Electric, Siemens, DirectTV, AT&T... Los nombres de las grandes empresas multinacionales vuelven a copar los titulares de la prensa de todo el mundo, así como la atención de los mercados financieros. Y esta vez no es porque estén en una situación crítica como consecuencia de los efectos de la crisis, sino por todo lo contrario. Detrás de todos y cada uno de estos nombres se esconde un paso adelante en sus respectivas estrategias, que pasa por una ambiciosa operación de compra.

Es un hecho contrastado que la aparición en un estrecho periodo de tiempo de una acumulación significativa de este tipo de operaciones es una muestra de la ratificación de un cambio de ciclo. Los responsables de estos grandes monstruos empresariales han decidido que es el momento de cambiar el paso y de aprovechar las oportunidades que el mercado ofrece para colocarse en una situación de privilegio en los sectores en los que trabajan. No obstante, las operaciones que están en el candelero en los últimos días se encuentran adornadas de una serie de características muy peculiares. Son movimientos multimillonarios, con la ambición de crear grupos de dimensiones poco conocidas y con un afán de control casi mundial en sus segmentos respectivos. Son proyectos de tal calado que tienen mucho también de carácter geopolítico, de movimiento de bloques. Es evidente que la industria estadounidense está pilotando un fuerte movimiento de desembarco sobre la europea, que todavía parece estar algo anestesiada por los efectos de la crisis en sus estructuras y en su entorno, tanto social como político. De hecho, la avanzadilla de General Electric sobre Alstom ha provocado, nada más y nada menos, que el mismísimo presidente francés, François Hollande, pida apoyo al grupo alemán Siemens para responder al intento de control por parte del gigante estadounidense.

Estos planteamientos no pasan ni deben pasar desapercibidos para los responsables políticos, y más cuando las elecciones europeas están llamando a la puerta. Unos comicios que, entre otras cosas, deben marcar un punto de inflexión respecto al escepticismo que se ha creado en torno al Viejo Continente y a la eficacia de las instituciones comunitarias. Se hace cada vez más necesario que Europa reajuste mensajes y proyectos. Y uno de ellos ha de ser establecer un plan de futuro industrial para el conjunto de la zona, que está perdiendo poder a manos llenas frente a la competencia de los grandes monstruos económicos que llegan del otro lado del Atlántico. Un plan que no tiene que ser necesariamente de frontal oposición. Hay muchos puntos para el acuerdo, por supuesto. Pero la industria europea debe afrontar ese escenario en igualdad de condiciones legales con su potente competencia internacional.