Editorial

Una avalancha de papel agitará el mercado

Todos los desiertos tienen un oasis, y por intensas que sean sus tormentas de arena, todas cesan. Tras la crisis financiera y económica de nunca acabar, en la que las empresas han dedicado la mayoría de sus esfuerzos a adelgazar sus balances para acomodarse a la nueva dimensión de la demanda y a reducir su endeudamiento para hacer soportable la factura financiera, los negocios vuelven a ver una ventana abierta para respirar. Vuelven a detectar oportunidades de crecimiento y facilidades financieras para aprovecharlas sin correr riesgos inabarcables. La crisis ha transformado la economía, ha cambiado los parámetros de funcionamiento, y lo que hace diez años eran negocios seguros, pueden ser hoy pozos sin fondo, mientras que unas cuantas actividades nuevas, a la par que algunas de toda la vida, emergen como si solo ellas llevaran el sello del futuro. Al hilo de tales oportunidades surge la vuelta del mercado bursátil como motor de financiación, que abre sus puertas a una significativa avalancha de papel, que a su vez se convierte en una oportunidad para los fondos institucionales y para los particulares que buscan destinos nuevos, arriesgados a veces, para su dinero.

No todo el papel tiene la misma calidad; lo hay seguro y lo hay arriesgado. Entre la vasta oferta hay escondidas historias de éxito empresarial, y de inevitables ganancias para los inversores, y apuestas que resultarán fallidas, los dos filos consustanciales a toda aventura societaria. Como en todo inicio cíclico, las aventuras bursátiles de los nuevos proyectos se encomiendan a la suscripción institucional, con mayor capacidad de asunción de riesgo, y se limita la participación de los particulares a pequeños porcentajes del capital. No obstante, si en el mercado primario no fuera posible la compra de participaciones de una compañía en la que se tiene interés, queda la opción del secundario, que habrá emitido ya señales reales del valor auténtico de la empresa.

En todo caso, los expertos recomiendan a la inversión minorista abstenerse de acudir a la primera oleada de venta por la presencia de ángulos ciegos en el negocio, que se van desvelando a medida que pasan los trimestres, los gestores van comunicando a los reguladores del mercado cada detalle de la evolución de las cuentas y las cotizaciones, el precio de las acciones, va acomodándose al valor real de los activos y su expectativa futura. El mercado, aunque no proporcione toda la información, eleva los niveles de transparencia en cada negocio.

Conviene también hacer distingos muy claros entre cada tipo de operación, pues casos habrá en los que los gestores de un negocio buscan capital adicional para hacer inversiones adicionales en una actividad con retornos ciertos, y en otros simplemente se trata de una OPV, una operación de venta de parte del capital para convertir en caja un activo poco líquido, un traspaso de propiedad simplemente, en el que no hay una apuesta por la extensión del balances de la empresa. Las primeras sirven para ampliar negocios que necesitan recursos, y pueden ser una oportunidad de inversiópn razonable, y las segundas deben ser miradas con cautela por los particulares, puesto que su recorrido está limitado de antemano. Un examen detallado de los folletos que las empresas entreguen a la Comisión Nacional del Mercado de Valores y a los colocadores minoristas es imprescindible para tomar cualquier decisión, y en todo caso, aplicar siempre el sentido común de que no se debe comprar papel de un negocio que no se entiende, es el mejor consejero y el más barato.

Los inversores se encontrarán los próximos meses salidas a bolsa de empresas de todo tipo de actividades, desde las socimi que han tomado posiciones en el negocio inmobiliario del que se espera un renacimiento tras la inflexión en la economía hacia el crecimiento y las facilidades de financiación, hasta empresas ya consolidadas como Logista, Applus o incluso AENA, pasando por ampliaciones de capital de banca o de empresas que están recomponiendo su capital tras el castigo de la crisis.

Las estimaciones de revalorización del mercado son buenas, aunque la dureza de la crisis ha puesto cautela en los pronósticos. Pero si el crecimiento de la economía arraiga, y con él, las ventas de las empresas, el optimismo se traducirá en revalorización de los activos tras años de retrocesos o estancamiento.