La UE del revés

Eurodiputados en tierra de nadie

Banderas en la sede del Parlamento Europeo
Banderas en la sede del Parlamento Europeo

Mariano Rajoy ha dado una lección de suspense político al lograr que durante más de tres meses cundiera la intriga sobre la lista de candidatos del Partido Popular a las elecciones del 25 de mayo al Parlamento Europeo. Desvelado el misterio, es muy probable que ninguno de los 54 aspirantes a un escaño vuelvan a despertar tanta atención mediática. Ni siquiera la docena y media larga de ellos que logre sentarse en el hemiciclo de Estrasburgo durante la próxima legislatura.

Una vez pasadas las elecciones, la mayoría de los eurodiputados desaparecen de la escena política nacional y se adentran en un territorio europeo muy temido porque, de cara a la opinión pública, no parece ser de nadie.

Para desesperación de muchos de ellos, sus tareas legislativas pasan desapercibidas tanto entre los votantes como entre sus compañeros de partido. Ambos observan la Eurocámara como una torre de Babel remota a la que solo en contadas ocasiones conviene prestar atención.

“En la lista del PP van dos candidatos que llevan 20 años en el Parlamento Europeo. ¿Alguien sabe a qué se han dedicado?”, preguntaba un internauta la semana pasada en las redes sociales. Curiosamente, las dos personas señaladas como presuntamente inactivas, José Ignacio Salafranca y Salvador Garriga, gozan en Bruselas y Estrasburgo de buena reputación como eurodiputados. “Salafranca es un activo valioso para la política internacional de la UE”, señala un funcionario (no adscrito a ningún partido) del Parlamento. “Es un eurodiputado al que ponen la alfombra en casi toda Latinoamérica”.

Garriga, por su parte, ha sido una pieza clave en la negociación de los últimos marcos presupuestarios de la UE, cientos de miles de millones de euros de cuyo reparto dependen políticas tan esenciales para España como la agrícola o la de fondos estructurales.

Ni Garriga ni Salafranca parece que puedan rentabilizar esa reputación electoralmente. Y tan desconocidos como ellos son la mayor parte de su compañeros del Grupo Popular. Lo mismo ocurre, en general, con el resto de formaciones políticas.

Esa falta de repercusión pública de la actividad europarlamentaria se traduce, para bien y para mal, en la elaboración de las listas electorales, en las que apenas se toma en cuenta la trayectoria de la legislatura anterior. Salafranca, por ejemplo, va en el puesto 18. Y Garriga, cuatro puestos más abajo, se encuentra ya en zona de dudosa reelección.

De la lista del PSOE se ha caído el eurodiputado Antolín Sánchez Presedo, figura prominente en la comisión de Asuntos Económicos durante los últimos cinco años. E Inés Ayala, referencia progresista de la política de transportes, ha pasado del puesto 10 en 2009 al número 13 este año.

Los afiliados aceptan esas subidas y bajadas en el escalafón electoral como algo inevitable y que forma parte del reparto del poder dentro de los partidos. Pero sin cuestionar la legitimidad del encaje de bolillos territorial, ideológico o personal, en el caso del Parlamento Europeo el resultado puede ir en detrimento de la capacidad de influencia de los partidos o, incluso, del conjunto del país.

Alemania, por ejemplo, cuenta con eurodiputados de larguísima trayectoria que, legislatura tras legislatura, se hacen con el control de los expedientes más sensibles.

El peso de las delegaciones españolas de los dos principales partidos, en cambio, no parece corresponderse siempre con su envergadura, a pesar de que la socialista tiene los mismos escaños que los alemanes (23) y la popular (25), algo menos que los franceses (30).

Aun así, la indefinición y falta de imagen de los grupos políticos en Estrasburgo no parece ser solo un problema español. En parte puede atribuirse a la estructura del propio Parlamento, que no es una suma de eurodiputados nacionales pero tampoco acaba de ser una cámara plenamente supranacional.

Ese perfil híbrido, compartido con otras estructuras de la UE, complica la relación de los europarlamentarios con sus potenciales votantes, pues la oferta de unos y la demanda de otros no siempre se mueven en el mismo terreno. La última idea para ligar ambos mundos ha sido la de vincular las elecciones y el nombramiento del futuro presidente de la Comisión Europea. De momento, sin embargo, no parece que esté dando el resultado esperado. Los principales candidatos a ese puesto (Juncker y Schulz) también se mueven por ahora en tierra de nadie.