Conociendo a Christine Lagarde – en el supermercado

Desde octubre de 2013 vuelvo a vivir en Washington. Habiendo trabajado como asesor y encargado de redacción de discursos del anterior presidente del Banco Mundial -- Bob Zoellick -- tuve la oportunidad de asistir a algunas de las conferencias organizadas con motivo de las reuniones de primavera del FMI y del Banco Mundial. Y de conocer y hablar con Christine Lagarde.

El Banco Mundial se ha fijado dos objetivos cuantitativos para 2030: eliminar la pobreza absoluta (mil millones de personas subsisten con ingresos de un dólar diario) y aumentar el nivel de vida del 40% de la población con menor renta a nivel global. Ambos objetivos se podrán cumplir (cómo se alcanzarán diversos de los objetivos denominados del milenio en 2015) si los países desarrollados pueden aportar financiación para el desarrollo que complemente la que proporcionan las fundaciones privadas y los flujos de inversión pública y privada de los emergentes (China en África). Pero los países desarrollados aún se están recuperando de la crisis. A nivel macroeconómico, el progreso es indiscutible. La prima de riesgo de España, Portugal e Italia ha descendido al nivel anterior al primer rescate de Grecia (mayo de 2010), Irlanda ha salido con éxito de su programa de rescate y la última subasta de deuda griega acogida con gran interés por los inversores indica que Atenas podrá graduarse de su rescate a finales del año. El interés del bono español a cinco años es igual al de Estados Unidos. La inversión extranjera fluye hacia España y el incremento de nuestras exportaciones bate récords. El coste humano y social de las políticas de austeridad que han sufrido los países del sur de Europa es indiscutible y únicamente los historiadores económicos podrán evaluar dentro de años si la consolidación fiscal exigida por Merkel fue excesiva. En cualquier caso, lo que preocupa ahora a los mercados y políticos además del paro elevado es la deflación. La eurozona registró una tasa de inflación del 0,5% en marzo, sustancialmente por debajo del objetivo del 2% fijado por el BCE. Diversos periféricos padecen deflación. En España los precios disminuyeron un 0,2% en marzo.

La desinflación no sólo frena el crecimiento y la generación de empleo (si las empresas venden menos lógicamente contratan menos) sino que también aumentan el coste real de la deuda. Por ello, el BCE por fin está considerando la adopción de medidas parecidas (aunque en una magnitud mucho más modesta) al “quantitative easing” que ha utilizado la Reserva Federal y fomentará la titulación de deuda.

Disminuye el coste de la cesta de la compra. Pocas horas antes de la rueda de prensa con la que finalizan las reuniones de primavera del FMI y BM presencié como Christine Lagarde entraba en un supermercado de Washington, y únicamente acompañada por un guardaespaldas, procedía a seleccionar artículos y colocarse al final de una cola larga para pagar. Tuve la osadía de presentarme y entregarle un ejemplar de mi último libro, que reclama mejores mecanismos de gobernanza económica global que garanticen la salvaguardia de estándares laborales, medioambientales y de responsabilidad social corporativa altos. Lagarde reaccionó con gran cortesía, expresando su interés por el tema y explicándome que en fechas próximas estaría en Londres. La animé a continuar exigiendo medidas para reducir la desigualdad y fomentar el crecimiento. El FMI ha abogado por políticas keynesianas desde el inicio de la crisis. Después de estrecharnos el cinturón al límite, ahora solo falta convencer de su necesidad a otra mujer -- Merkel -- que también hace la compra personalmente.

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