El sector busca abaratar el coste energético de estas macroplantas

Desaladoras sí, pero más baratas

Las empresas argumentan que el estrés hídrico que sufre España justifica la inversión en estas infraestructuras, aunque funcionen por debajo de su capacidad

Planta de desalación de Torrevieja, en Alicante.
Planta de desalación de Torrevieja, en Alicante.

El sector del agua está de acuerdo: se necesitan las desaladoras, pero más baratas.

El Gobierno de Rodríguez Zapatero apostó por desalar agua de mar, entre otras razones, para ofrecer una alternativa a los polémicos trasvases. Cuando se proyectaron, el boom de la construcción auguraba que se llenarían las casas que construyeron todos aquellos promotores inmobiliarios en la costa.

Siete años después, en el sector del agua reconocen que las plantas de desalación se pensaron para un desarrollo urbanístico que se ha desplomado por la crisis. El último ejemplo del despilfarro es la desaladora de Torrevieja, que entró en funcionamiento el verano pasado tras nueve años de obras, con un coste de 300 millones de euros.

La planta de desalación más grande de Europa no tiene demanda suficiente de agua y la mitad de los 80 hectómetros cúbicos que genera se destinan al regadío. Al final, solo será útil si se cierra el trasvase Tajo-Segura. Pero otras ni siquiera han entrado en funcionamiento. De las 51 plantas de desalación que proyectó el Gobierno de Zapatero, están en explotación menos de la mitad.

La planta de Torrevieja, la más grande de Europa, no tiene demanda suficiente

Las empresas del sector contestan que “nadie se acuerda de las desaladoras cuando llueve y, sin embargo, cada vez que hay sequía todo el mundo las pone”, explica Alejandro Zarzuela, director técnico de I+D+i de Acciona Agua, operadora de la planta de Torrevieja. Coincide así con la tesis de Ángel Cajigas, director de la Asociación Tecnológica para el Tratamiento del Agua.

El del agua es un tema sensible con un alto coste político, pero al margen de las disputas, una certeza entre defensores y detractores de las plantas de desalación: España vive estrés hídrico, o sea, alterna periodos de intensas lluvias y sobreabundancia de agua con momentos de sequía. Por ello, las empresas aluden a que es normal, pese al derroche, que estas macroplantas funcionen por debajo de su capacidad.

Muchas permanecen enchufadas a un 12% o un 15% “porque están contempladas como un apoyo de seguridad”, mantienen en el sector. Cuando se necesitan en un momento de sequía, entonces sí funcionan a pleno rendimiento, las que están terminadas y en explotación.

El actual Gobierno, que siempre se opuso a las desaladoras cuando gobernaba el PSOE, ha seguido adelante con algunas de las que estaban en marcha, para dar salida a los fondos europeos que se recibieron para su construcción. Hasta 711 millones de euros faltan para completarlas y se calcula en 1.500 millones el dinero que España tendría que devolver a Europa si no se construyeran.

51 plantas proyectadas

En 2007 se proyectaron 51 desaladoras, de las que están ejecutadas menos de la mitad y algunas siguen en construcción.

Se estima que si no se completaran, España tendría que devolver a la Unión Europea alrededor de 1.500 millones de euros en ayudas.

Ahora, el reto es bajar los costes de las que están en marcha por el enorme consumo de energía que necesitan para funcionar. La otra tarea pendiente es cómo dar salida a la salmuera sobrante tras el proceso de desalinización, y que sigue encontrando el rechazo de las organizaciones conservacionistas.

Pero el sector se queja, sobre todo, de que el principal problema de la desalación y, en general, de la gestión del agua es la falta de estrategia a largo plazo. Mientras las plantas de desalación siguen proyectadas y se siguen conectando las que ya están construidas, España sigue sin concluir el Plan de Calidad de las Aguas, que exige más depuradoras, y es amonestada por la Comisión Europea por la ausencia de definición en los planes hidrológicos de cuencas.

Cuarto país del mundo en desalación

Interior de la desaladora de Honaine, construida y operada por Valoriza Agua, filial de Sacyr, en el norte de Argelia.
Interior de la desaladora de Honaine, construida y operada por Valoriza Agua, filial de Sacyr, en el norte de Argelia.

Es sabido que España ha convertido su estrés hídrico en una ventaja competitiva. Los proyectos de aprovechamiento de agua con tecnología española figuran entre los primeros del mundo. También en desalación.

España ya es el cuarto país del mundo en capacidad instalada para desalar agua de mar, una buena tarjeta de visita que las empresas han sabido utilizar para ganar contratos fuera.

Cuando el mercado interno ya está maduro –aquí ya no se construirán más desaladoras–, la experiencia adquirida ha valido a las compañías para ganar contratos fuera.

Constructoras y concesionarias como FCC, Acciona, Ferrovial o Sacyr, han construido desaladoras prácticamente en todo el planeta. Algunas de las plantas de desalación más grandes del mundo han corrido a cargo de empresas españolas. La de Bekton (Londres), con capacidad para abastecer 150.000 metros cúbicos de agua diarios, es obra de Acciona.

La compañía, líder en desalación en el mercado interno, con más de 15 plantas, la mayoría de ellas en operación, tiene el 47% de su capacidad instalada fuera de España, repartida entre Argelia, Arabia Saudí, Venezuela, Marruecos, Chipre o Emiratos Árabes Unidos.