Tribuna

Los mandamientos del ‘Señor Mercado’

Dice la leyenda que los más sabios y veteranos inversores de la bolsa de Nueva York aconsejaban a los novatos que entraban a trabajar en sus compañías de inversión que antes de realizar cualquier operación bursátil tuviesen siempre en cuenta esta máxima: “Los árboles nunca crecen hasta el cielo”. La experiencia es madre de la ciencia y es un hecho irrefutable que la rentabilidad de un activo financiero no puede subir hasta el infinito. Si a usted le han hecho creer que todas las acciones siempre suben a largo plazo y que precio bajo es siempre sinónimo de barato no olvide nunca lo que dijo el filósofo griego Anaxágoras: “Si me engañas una vez la culpa es tuya pero si me engañas dos veces la culpa ya es mía”.

Si comprendemos cuales son, en mi opinión, los diez mandamientos de la inversión estoy seguro que podremos comportarnos mucho mejor a la hora de tomar nuestras propias decisiones financieras y no dejarnos engañar tan fácilmente.

El primer mandamiento de la inversión nos enseña que ni la ignorancia ni la soberbia son buenas compañeras de viaje de un inversor. Los mercados financieros no tienen ningún tipo de compasión con aquellos inversores que no saben lo que hacen y compran un producto financiero sin entender que están comprando. Tampoco tienen ningún tipo de piedad con aquellos que creen que lo dominan todo, pensando que son más inteligentes que el mercado, y le faltan al respeto. Unos y otros son los mayores candidatos a que los mercados financieros se queden con su dinero.

El segundo mandamiento también es muy claro al respecto: una de las claves del éxito es adquirir una sólida cultura financiera De la misma forma que alguien estudia una carrera universitaria o un grado de formación profesional para convertirse en un experto en su profesión con los mercados financieros ocurre exactamente igual. No existen atajos ni pócimas milagrosas para convertirnos en un buen inversor de la noche a la mañana sino que hay que trabajar duro y dedicarle mucho tiempo antes de que seamos competentes en la materia. La recompensa final es muy grande porque como dijo Benjamin Franklin: “la inversión en conocimiento siempre paga el mejor interés”.

El tercer mandamiento y cuarto mandamiento van de la mano. El tercer mandamiento nos enseña que nuestra obligación principal es preservar nuestro capital porque sin dinero no podemos invertir. El cuarto mandamiento nos dice que el objetivo principal de todo buen inversor es obtener una buena rentabilidad a su capital y para ello tiene que ayudarse de las tres “grandes aliadas” de la inversión: la disciplina en su operativa; la paciencia en la espera de buenas oportunidades de inversión y, sobre todo, grandes dosis de humildad porque nunca hay que infravalorar los riesgos que hay dentro del Señor Mercado.

También tenemos que hacer caso al quinto mandamiento y no llevarle la contraria: ¡no todo se reduce a las acciones del Ibex 35! Tenemos grandes oportunidades de inversión fuera de nuestras fronteras.

Uno de los errores más trágicos que cometen muchos inversores es encariñarse de sus acciones y considerarlas como miembros de su propia familia. Esto les lleva a cometer una de las decisiones más perjudiciales que existen en materia de inversión y que les puede llevar a la ruina o como mínimo a perder mucho dinero: promediar a la baja o lo que es lo mismo comprar más y más acciones cuando sus cotizaciones caen por el abismo más negro y profundo. El sexto mandamiento es muy transparente en este sentido: siempre tenemos que poner un límite a nuestras pérdidas y sin ningún tipo de excusa. Recordemos siempre una de las frases más emblemáticas del gran inversor Warren Buffett: “Si estamos dentro de un hoyo dejemos de cavar porque cuanto más cavemos más difícil será salir del hoyo”.

Una de las mejores maneras de controlar nuestro riesgo es a través de la diversificación. El séptimo mandamiento contiene el secreto de la diversificación eficiente: tener activos financieros no correlacionados entre sí.

El octavo mandamiento de la inversión nos demuestra que el secreto de la acumulación de riqueza es tener activos financieros que nos generen rentas periódicas.

Una de las lecciones más difíciles de aprender y de asimilar es que tenemos que entender que los mercados financieros no nos deben nada y ni siquiera nos conocen. Por ello, como nos dice el noveno mandamiento, no acudamos a la bolsa buscando una justicia universal o para suplir carencias afectivas que tengamos en nuestra vida.

El último mandamiento es, quizás, el más importante de todos. Para convertirnos en buenos inversores no tenemos que ser esclavos de nuestras propias emociones. Las emociones más devastadoras y dañinas para un inversor son: la avaricia y su hija mayor la euforia; así como el miedo y su hijo mayor el pánico. Si nos dejamos guiar por ellos nunca seremos unos buenos inversores y tened por seguro que perderemos mucho dinero porque como dijo Benjamin Graham: “Las personas que no pueden controlar sus emociones no son aptas para obtener beneficios mediante la inversión”.

Ángel Martín Unzué Indave es profesor de mercados financieros y autor del libro El A, B, C de los mercados.

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