Secretos de despacho
Los empresarios Javier Alonso y María de Yerro.
Los empresarios Javier Alonso y María de Yerro.

Un tándem bien avenido en Alonso del Yerro

Javier Alonso y María del Yerro iniciaron su proyecto vinícola en 2002

Solo el 30% de su producción va destinada al mercado nacional

Esta es una historia de valores, de familia, de sueños, ilusión y también de ambición por crear un proyecto vinícola serio en una zona de gran prestigio como la Ribera del Duero. Allí se instalaron hace una década Javier Alonso (58 años) y María del Yerro (55 años), ambos madrileños, un matrimonio de empresarios apasionados del vino, que comenzaron de manera discreta y sin hacer mucho ruido en los alrededores de Roa (Burgos), en la conocida milla de oro de esta zona. Y han desarrollado una empresa con recorrido. Él es economista y trabajaba en los laboratorios farmacéuticos pertenecientes a su familia; ella ejercía como traductora.

Ambos soñaban con crear su propio proyecto empresarial, y en 2002 compraron 26 hectáreas en la finca Santa Marta, con el fin de trabajar una serie de parcelas, escrupulosamente seleccionadas y plantadas con uvas de la variedad tempranillo. Un viñedo de 15 años de antigüedad. El siguiente paso fue rodearse de un buen equipo y solicitar el asesoramiento del enólogo bordelés Stéphane Derenoncourt, al que se sumó otro enólogo francés, Lionel Gourgue. Juntos han conseguido el reconocimiento, también internacional, de sus dos vinos, sus pequeñas joyas: Alonso del Yerro, del que este año sacarán 70.000 botellas, y María, de la que habrá 10.000. De hecho, el 30%de su producción va destinada al mercado nacional y el resto se distribuye, entre otros, en Estados Unidos, Canadá, México, Brasil, Colombia, Puerto Rico, Alemania, Suiza, Francia y Japón.

Su modo de proceder, dice María –ella lleva la voz cantante en la visita a la bodega y a las parcelas–, es a la antigua usanza, teniendo siempre muy presente a la familia (los nombres de las parcelas, también de las barricas, llevan los nombres de los hijos, los nietos y de la madre de Javier, y todas encierran una entrañable historia). Hasta el punto de que en la mesa de selección de la uva están trabajando el hijo pequeño y sus amigos. “Aquí todo lo hacemos entre todos”, advierten, antes de entrar en la casa, una bodega pequeña que también hace las veces de oficina.
En cuanto a la rentabilidad del negocio, Javier señala que como en toda empresa que empieza, los primeros años son los más duros. “Digamos que ahora no nos cuesta, ya que hemos llegado al equilibrio”. Yseñala que la crisis económica afecta, pero por suerte tienen la empresa saneada. “No creo en los grandes endeudamientos. Prefiero ir haciendo las cosas poco a poco, sin prisas”, asegura Javier.

En este proyecto han conseguido implicar recientemente a Miguel, el hijo formado como ingeniero agrónomo, “ya que necesitábamos ayuda sobre todo para atender el mercado internacional. Aquí nos encargamos de todo”.

Aseguran que forman un equipo compenetrado. María ejerce como relaciones públicas y Javier se ocupa más de los temas relacionados con la gestión. “Él piensa y yo lo pongo en práctica”. Así se resume el modo de proceder de esta pareja, que cuando habla se mira a los ojos. No tienen horarios, el trabajo les absorbe todas las parcelas de su vida. “No nos importa porque lo hacemos todo juntos y nos gusta”, señala María. Recientemente han estado de viaje en Japón, “y disfrutamos mucho de lo que hacemos, todo esto es una prolongación de la familia”.

Su interés en estos momentos es seguir involucrando a más hijos en la empresa, a los que advierten también de todos los sobresaltos que conlleva un negocio de esta naturaleza. “Te pega muchos sustos”. Pero sobre todo quieren que aprendan de su ejemplo, de su seriedad, de su apego a los valores que los mantienen firmes ante las adversidades y de que lo más importante es trabajar”, ya que su máxima es que las grandes ideas, como Apple o el Windows de Microsoft, solo las tienen un par de empresas. Y al resto solo “nos queda trabajar”.

Una historia de pañuelos

Un tándem bien avenido en Alonso del Yerro

La sala donde reposa el vino en las barricas de roble está decorada con unos enormes cuadros que enmarcan la colección de pañuelos de María del Yerro. A falta de presupuesto para decorar la estancia, buena es la imaginación. La empresaria decidió desempolvar los regalos del marido y de la familia que ya no utilizaba y emplearlos para decorar la sala de barricas.
Dentro de la casa familiar tienen su despacho, un pequeño rincón dentro de un espacio que hace las veces de apacible salón familiar. La mesa de trabajo es pequeña, ordenada, con el espacio suficiente para dar cabida a un ordenador portátil. “Trabajamos en cualquier rincón, la verdad es que ahora con las nuevas tecnologías no necesitas tener un sitio fijo”, dice María del Yerro.
En su mesa de trabajo no falta una fotografía de la pareja de cuando se conocieron, gracias al destino, hace ya unas cuantas décadas. “Desde entonces no nos hemos separado, y juntos, y trabajando bien, no le tenemos miedo al fracaso”, asegura María, que se define a sí misma como una mujer curiosa por la vida. Le gusta disfrutar de su huerto, cocinar, leer, caminar por el campo, pero sobre todo atender a su familia. Javier se entretiene con su trabajo, y con el fútbol, sobre todo con las andanzas de su equipo, el Real Madrid.

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