Tribuna

Pobreza y exclusión social

Cuánta pobreza hay en nuestro país y en cuánto se ha visto incrementada como consecuencia de esta lacerante crisis? No nos cansamos de leer y escuchar cifras y datos. Umbrales de pobreza, incluso de pobreza infantil. Los gobiernos dicen que la combaten. Destinan recursos. Pero, ¿se ataca de raíz los verdaderos problemas, causas y presupuestos de la pobreza? Somos conscientes de que la brecha y la exclusión social, las desigualdades en suma, son cada vez más manifiestas, aviesas y que están causando e infligiendo un daño tremendo en los hogares, las familias y la sociedad misma con riesgo de avocarse a una desestructuración mayor.

Secuelas que asumen y asumirán las generaciones venideras. Hogares con toda su unidad familiar en desempleo. Alarmante la secuela que supondrá en niños, pobreza infantil.

El camino recorrido en las últimas tres décadas se ha visto superado por el embate de esta crisis. Por el daño que en el crecimiento y desarrollo humano provocan el desempleo, la caída del consumo, la capacidad de ahorro, la mengua del estado de bienestar, el estancamiento cuando no pérdida de salarios, las pensiones más bajas, el todavía mayor atraso del campo respeto de la ciudad y un largo etcétera. Las rentas han caído, el consumo se ha retraído, el ahorro diluido, y el desempleo así como los recortes han ido sembrando las bases de una mayor brecha, una sima que hay y que debemos combatir y erradicar. Las desigualdades y los desequilibrios afloran.

El impacto ensordecedor y ciego de la crisis ha agravado aún más la situación. Como si de una sombra silenciosa se tratase, la pobreza, los umbrales estadísticos pero sobre todo reales, se hacen cada vez más patentes. Cada vez hay más pobres. Los medios apenas se han hecho eco; pero, ¿y la clase política?

Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, pero no sólo la culpa es del ciudadano. Muchos no traspasaron ese limbo de consumismo y hedonismo. Pensiones paupérrimas en algunas comunidades autónomas, las más bajas del Estado. Los informes que Cáritas emite son cada vez más desoladores. Los datos estadísticos que los Institutos públicos elaboran y publican son igual de desalentadores. La realidad es angosta. Poblaciones envejecidas, situaciones de dependencia que no son atendidas por los servicios públicos, pensiones precarias, sueldos cada vez más bajos, desempleo azotador a familias enteras, natalidad en clara fase regresiva, ¿cómo sino iba a golpear la pobreza cuando el escenario es óptimo? El dato más claro es que casi un 60% de familias señalan que tienen dificultades para llegar a final de mes. Y un casi 25 % rozan ya el umbral de la pobreza. A nivel de España, en este último año un millón más de personas han transitado hacia lo que se conoce como exclusión social: vivir condenado a un estado de necesidad del que es muy difícil salir sin ayudas públicas y privadas. Sigue la quiebra de este Estado de bienestar minado por mil trampas y gastos superfluos.

Inhumanas pero de rostro humano cifras de umbrales de la pobreza. La antesala misma de la necesidad y la indigencia. Esta es la radiografía de un país que se tuvo por rico y miró y, a veces, se empeña en querer seguir mirando hacia otro lado. Es el lado dramático que no queremos ver y nos aflige. Nuestro fracaso. Es hora de tomar conciencia, pero también una contundente y clara línea de acción. Sociedad y gobiernos, responsables públicos y privados, gestores y organizaciones benéficas. Es el fracaso de una sociedad entera de lo contrario. No cabe mirar hacia otro lado, el insoportable lado de la indiferencia. Siempre se ha hecho así, porque combatir la pobreza no da réditos electorales.

 

Abel Veiga es profesor de Derecho mercantil de ICADE

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