Editorial

Política, economía, anestesia y confianza

Hemos oído en las últimas semanas opiniones para todos los gustos acerca de las implicaciones que para el crédito de España en los mercados exteriores, de los que depende, tiene el caso Bárcenas y el ruido que ha inyectado en el clima político nacional. Hemos oído a inversores avisados que la prima de riesgo ha vuelto por encima de los 300 puntos básicos por las revelaciones del extesorero del Partido Popular ante el juez que instruye su caso y que le ha encarcelado, y hemos oído también a otros no menos informados que tal repunte, paralelo al italiano, tiene más que ver con la crisis política portuguesa y el nuevo riesgo de incumplimientos griegos.


Al Gobierno le hemos oído, curiosamente, una versión primero, y cuasi su contraria después: el titular de Economía ha asegurado que no hay ni un solo indicio en los mercados de preocupación por el caso Bárcenas, y ayer el propio presidente del Gobierno centró buena parte de su argumentación en el riesgo cierto de que una inconveniente moción de censura y la agitación que le rodea desestabilizase políticamente al país, con el consiguiente coste para la confianza y quiebra del crédito sacrificadamente ganado en los últimos trimestres para la economía nacional. El propio Rajoy llegó a recordar a Rubalcaba: “Usted sabe lo que cuesta recuperar la confianza en España y sabe lo delicada que es como para jugar con ella, y sabiéndolo, ¿por qué siembra incertidumbre y sabotea la confianza que tanto cuesta ganar?”.


Sea como fuere, ayer el Tesoro español emitió –y a razonable precio– una cantidad estimable de deuda, la prima de riesgo flexionó ligeramente a la baja y la Bolsa prosiguió la modesta escalada que, anclada en los buenos resultados empresariales, la ha llevado a vivir las mejores semanas del año. Parece que pesa más, por tanto, la economía real, o el anticipo que las condiciones financieras van haciendo de ella, que el enconado debate político abierto por las sospechas de financiación irregular del partido del Gobierno.

El presidente del Ejecutivo, en todo caso, mezcló política y correlato económico interesadamente, y aunque no dijo todo lo que los más optimistas esperaban, dijo más del caso que le ha llevado a comparecer de lo que los pesimistas apostaban. Como estrategia política es tan válida como otra cualquiera, pero si es cierto que la bruma política puede impedir el despegue de la economía, o puede condicionarla retrasándola, y que debe evitarse en la medida de lo posible, no es menos cierto que una ciudadanía acosada económicamente por el desempleo, los sacrificios salariales y el estrés impositivo merece todas las explicaciones que dio el señor Rajoy y alguna más.
En ningún caso puede utilizarse el riesgo de abortar la recuperación económica como anestesia de los anhelos de transparencia que los españoles tienen sobre la financiación de un partido en el que han depositado su confianza para superar la crisis. Pueden ponerse en marcha cautelas para que no ocurra, pero las certezas tienen que aflorar y mejor si lo hacen de mano de quienes mejor las conocen. La confianza no es solo un concepto mercantil invisible e imprescindible, que lo es, para financiar un país muy quebrantado como España; también es un valor para la acción política, y la mejor forma de estimularlo es poner sobre la mesa siempre la verdad, algo a lo que los líderes políticos están moral y éticamente obligados.

Las frases de Mariano Rajoy sobre su relación con el extesorero del PP (“me equivoqué; confié en alguien que no debía”, “se pagaban complementos salariales, como en todas partes, pero yo siempre he declarado todos mis ingresos”) tienen un cierto valor como relajante político, que no ciega las apreciaciones y decisiones de los jueces. Y las responsabilidades políticas, tal como el propio Rajoy comentó ayer en un argumentario jurídico impecable, deberán esperar a que concluya el trabajo judicial. Una labor que, sin dejar cabos sueltos, debe acelerarse para que el ruido que inyecte en la recuperación económica, el que sea y en la cantidad que sea, remita lo antes posible, y si hubiere responsabilidades políticas, se atiendan, sean de la dimensión que sean. Mientras tanto, a la economía, al empleo, a las reformas que necesitamos como el oxígeno... y a echar de las responsabilidades públicas a quienes están en ella para medraje privado y para replicar episodios como el que abrió ayer las puertas del Senado.

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