Editorial

Un FMI al que le falta prudencia

Las previsiones económicas que el FMI hizo públicas ayer para España suponen un jarro de agua helada sobre las perspectivas de crecimiento de nuestra economía. El organismo presidido por Christine Lagarde augura que España sufrirá una caída del PIB del 1,7% en 2013 –en línea con lo que mantienen otros organismos internacionales–, pero también prevé que cerrará 2014 con un 0% de crecimiento. Los cálculos del organismo internacional para el año que viene contrastan viva y sorprendentemente con las cifras que manejan tanto la Comisión Europea como el propio Gobierno español, que mantienen, respectivamente, un 0,9% y un 0,5% de crecimiento del PIB en 2014. Desde el Banco de España se reiteraba ayer que en los próximos meses la economía española comenzará a mostrar tasas de crecimiento positivo. Las previsiones de la entidad, que contradicen también el diagnóstico del FMI, auguran que la economía cierre el segundo trimestre de este año con un 0% y vuelva a tasas positivas ya en el tercer trimestre de 2013.

Pese a que el FMI ha rebajado todas sus previsiones respecto a la economía mundial, España ha sido uno de los países que salen más perjudicados de esos nuevos cálculos de crecimiento, con un recorte de siete décimas sobre las previsiones anteriores y el anuncio de un estancamiento económico para el próximo año.

Las razones que esgrime el FMI para recortar el crecimiento mundial son fundamentalmente tres: el punto y final a la política de estímulos que ha mantenido hasta ahora la Reserva Federal de Estados Unidos; la ralentización de las economías emergentes y el largo invierno económico que sigue atravesando la eurozona. Las tres son razones de peso que tendrán, sin duda, su reflejo en la actividad económica global, pero el impacto cierto que ello suponga y la medida en que afecte realmente a unas y otras economías es otra cuestión. En el caso de España, tal y como ha reconocido el propio economista jefe del FMI, Olivier Blanchard, existen evidentes signos de mejora tanto en la competitividad como en las exportaciones. Todo ello hace prever un más que plausible cambio de tendencia en la economía. Un crecimiento incipiente que tanto el Gobierno como Bruselas apuntan para el próximo año.

No es la primera vez que el FMI comete un error en sus previsiones y diagnósticos. El último de ellos –reconocido públicamente por el organismo– ha sido su actuación respecto a la crisis griega; mientras que hace tan solo dos años erró estrepitosamente en los cálculos sobre el déficit público español. Todo el mundo comete errores, sin duda, pero cuando quien los comete tiene la categoría, el peso y la influencia del Fondo Monetario no solo es aconsejable, sino también exigible, que se actúe con responsabilidad, rigor y extrema prudencia.

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