El Foco

Una historia irrepetible

El ubetense Antonio Muñoz Molina, flamante premio Príncipe de Asturias, tiene escrito que la memoria de los primeros años de nuestra vida no nos corresponden a nosotros sino a quienes nos dieron la vida, nos educaron y nos vieron crecer. Creo que la reflexión es certera porque padres, abuelos, hermanos, tíos y primos, maestros, vecinos y amigos son los arquitectos que, pasado el tiempo, con sus recuerdos nos ayudan a construir ese periodo de nuestra vida que alcanza hasta lo que antes se llamaba tener uso de razón, es decir, y según los casos, una etapa que finaliza cuando cumplimos seis, siete u ocho años.

A partir de entonces, y según la educación recibida y/o la que nos hayamos procurado, generalmente la pequeña o gran historia de nuestra existencia se va edificando con la argamasa de nuestras propias decisiones, influidas por consejos inevitables y por diferentes y muchas veces imprevisibles circunstancias, y siempre a partir de las dosis de esfuerzo, buen hacer y decencia que seamos capaces de aplicar a nuestras cotidianas tareas, sean las que fueren. Aunque parezca un tópico, en la vida hay lugar para hacerlo casi todo; no tenemos poco tiempo, decía Séneca, sino que perdemos mucho...

Escribo mientras pienso en Rafa Nadal, en su prematura eliminación sobre la hierba de Wimbledon y en su último triunfo en Roland Garros que –de eso sí presumo– tuve la fortuna de disfrutar en directo, es decir, en París, a pie de pista, apoyando a un deportista único, a un irrepetible ser humano y a su familia.

La historia de los primeros años de Rafael está vinculada, como es lógico, a sus padres, hermana y abuelos, y muy especialmente a sus tíos y a los amigos de su familia, como Andreu. Ellos recuerdan a Rafa como un pipiolo peinado para atrás, un niño-mascota al que con cinco/seis años, y a cualquier hora, se llevaban a los partidos de fútbol sala que todos ellos, los mayores, disputaban.

Toni Nadal pronosticó sin pestañear a su sobrino Rafa un futuro extraordinario en el mundo del tenis

De aquella época es la anécdota que protagonizan Toni Nadal, siempre entrenador y tío de Rafa, y Carlos Costa, el gran tenista profesional que llegó a ser top ten mundial. Corría el año 1992 y Carlos acababa de ganar el Campeonato de España de tenis que se jugó en Palma de Mallorca. Cuando se dirigía al aeropuerto para regresar a Barcelona, Toni Nadal, que iba en el mismo coche, le habló a un incrédulo Carlos de un sobrino suyo, llamado Rafa, al que pronosticó sin pestañear un futuro extraordinario en el mundo del tenis. Lo que son las cosas: hoy, y desde hace algunos años, Carlos es el mánager de Rafa y su hombre de confianza...

La reflexión de Muñoz Molina se enriquece cuando hablamos de Rafael Nadal: la memoria de la infancia del tenista era –y es– cosa de los suyos, de su familia y, como nos cuenta el proverbio africano, de la tribu entera que contribuyó a su educación; pero en estos años, ahora mismo, los recuerdos de los más cercanos (y de millones de personas en decenas de países) están unidos a los triunfos deportivos de Rafa, a su trayectoria vital, a la conquista de los grandes torneos, a los récords que el mallorquín pulveriza cada temporada, a su respeto por todos y cada uno de sus contrincantes, a su lucha contra las siempre inoportunas lesiones que tanto le han enseñado y, en fin, a su ejemplo en las victorias y en las derrotas, sabedor nuestro protagonista de que –como escribe Rosa Montero– ni el éxito ni el fracaso son estaciones de destino sino de paso, intercambiables y efímeras, también después de ganar en París y de perder en Londres, dos hechos que sin duda imprimen carácter y ayudan en ese proceso formativo que nunca debe agotarse. Y es que el profesor Nadal, casi sin darse cuenta y desde luego sin pretenderlo, educa con su ejemplo.

La educación es lo menos material que existe, pero es la fuerza espiritual y lo más importante para los pueblos. Y, aunque la tentación política está siempre presente, no podemos dejar que la educación se convierta en un privilegio sino garantizar la igualdad de los ciudadanos para procurar su necesario progreso y desarrollo. La educación es un bien esencial para que los ciudadanos podamos ser libres en la sociedad que hemos elegido para vivir, y para que gracias a esos conocimientos podamos desempeñar democráticamente nuestro trabajo, fomentando la sociabilidad, la razón, la cultura o nuestras aficiones deportivas.

Con su trayectoria, Rafael Nadal nos demuestra que la educación no solo se refiere a su talento, a lo que uno sabe hacer: por ejemplo, pasar una bola por encima de la red con efecto, colocación y/o fuerza. La educación incluye, como en el caso del manacorí, valores, esfuerzo, urbanidad, darle valor a la palabra, ser decente, apreciar los derechos individuales y respetar las diferencias. Todos, y algunos más, contenidos necesarios para formar ciudadanos competentes, que sepan lo que tienen que hacer, comprometidos, responsables y necesariamente solidarios.

Ahora mismo, los recuerdos de los más cercanos están unidos a los triunfos deportivos de Rafa Nadal

Acaba de hacerse público el informe de la OCDE sobre la educación en España. Mal, claro. Y más allá de políticos o de ministros de Educación, llámense como se llamen, y dejando la universidad para otra reflexión, pareciera que todos, también padres y educadores, hemos olvidado algo que no puede discutirse: que la gran revolución tiene que hacerse en los colegios, en las enseñanzas primaria y secundaria, sin olvidar la formación profesional.

Las escuelas y las familias tienen que ser la barbacana, la defensa avanzada frente a todos los ataques de una sociedad como la actual, irreverente y egoísta, que ha sacralizado el facilismo y el dinero.

Y, además, familias, colegios y escuelas deben ser las atarazanas donde eduquemos a los hombres y mujeres, en definitiva a las personas sobre cuyos hombros recaerá en el futuro la responsabilidad de hacer más grande a este país y mejores a los ciudadanos que lo habitamos. Hagámoslo con lo que más enseña, con ejemplos: el de Rafael Nadal que, como su propia historia, es ya irrepetible.

 

Juan José Almagro es consejero de Mapfre Familiar y Mapfre América y Presidente de Bionaturi

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