Editorial

Austeridad, estímulo y el tempo de Draghi

El inicio del mes de mayo está siendo pródigo en acontecimientos y decisiones económicas en Europa. Tanto el BancoCentral Europeo (BCE) como la Comisión Europea han puesto sobre el escenario medidas y reflexiones que indican que se está empezando a emprender una nueva senda a la hora de conformar las medidas que ayuden al Viejo Continente a salir de una crisis que ya va camino de su sexto cumpleaños. Como es habitual en la Unión Europea, las cosas van desesperadamente lentas. Pero lo que es evidente es que las sensaciones, los mensajes y hasta algunos hechos demuestran que algo serio está cambiando, que la apuesta por la austeridad ha bajado de pistón y que la preocupación por el crecimiento se va haciendo hueco poco a poco.

 Una muestra de esa percepción la explicitó el viernes el vicepresidente de la Comisión Europea y comisario de Asuntos Económicos y Monetarios, Olli Rehn, al presentar las previsiones de primavera para el conjunto del área. En concreto, al referirse a España. Es cierto que el pronóstico para este ejercicio es peor que el revisado por el Gobierno que preside Mariano Rajoy. Bruselas calcula una caída del 1,5% del PIB, en tanto que Madrid cree que el descenso será del 1,3%. Sin embargo, y ahí radica un primer cambio de sentimiento, la Comisión Europea ya reconoció oficialmente el viernes que España cuenta con dos años más para cumplir con el objetivo de colocar el déficit por debajo del anhelado 3%. La prórroga no será tan solo una prerrogativa española, dado que un país del peso específico en la Unión Europea como Francia dispondrá del mismo plazo para hacer sus deberes en cuanto al equilibrio de sus cuentas públicas. Es decir, estamos ante una clara suavización de los rígidos criterios de control del déficit motivada por varios factores. El pronóstico del equipo de Rehn de que la zona seguirá en recesión este año es importante. Pero también lo es la presión política, y sobre todo social, que crece día a día en el conjunto de la Unión Europea en contra de la excesiva austeridad y de los recortes.

La sensación de que algo empieza a moverse en el debate que enfrenta la austeridad y el estímulo también se desprende de las decisiones adoptadas por el BCE el pasado jueves. La reducción del tipo de interés del 0,75% al 0,50% –su mínimo histórico– más la prolongación al menos durante un año adicional de fondos ilimitados para la banca solo pueden interpretarse en esa clave. Justas son las críticas que apuntan a que los banqueros centrales europeos no sacaron el jueves toda su artillería para tratar de activar lo antes posible el flujo de la financiación hacia las pequeñas y medianas empresas. No obstante, también es preciso considerar que en la resolución de las crisis es muy importante el tempo de la toma de decisiones –aspecto en el que Mario Draghi es un auténtico maestro–, y que el entramado político y económico de la Unión Europea no es, ni por asomo, el de Estados Unidos, que está acostumbrado a un comportamiento mucho más agresivo y proactivo por parte de su Reserva Federal, tal y como ha demostrado desde el origen de esta crisis. Se desarrollen como se desarrollen los acontecimientos en el futuro más inmediato, lo evidente es que desde finales del pasado año España se ha instalado poco a poco en una senda de mejora constante de las condiciones globales de financiación; que, además, se ha acentuado durante los últimos días, con el bono a diez años por debajo del 4% y la prima de riesgo alejándose con claridad de los 300 puntos.

No obstante, esta mejoría no es suficiente, cuando el martillo pilón del desempleo sigue golpeando impasible sobre la economía española. La insoportable cifra de más de seis millones de parados requiere mucho más que expectativas o esperanzas emanadas de las inciertas decisiones de la Unión Europea o del BCE. El Gobierno de Rajoy debe continuar firme con las reformas estructurales y con el rigor respecto al saneamiento de las cuentas públicas. Un rigor que ha de ser más inteligente ahora que tiene un mayor plazo para llegar al objetivo del 3%. Además, debe hacer todo lo posible para propiciar un auténtico gran pacto anticrisis con los partidos políticos y los agentes sociales. Un pacto basado en la generosidad y en la lealtad de todas las partes.

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