Albert Boadella, un instigador de duelos en los Teatros del Canal

El dramaturgo estrenó el pasado jueves su última obra, El Pimiento Verdi

“Con la crisis sientes que estás haciendo una labor social importante", afirma el director

El fundador de Els Joglars sostiene los platos que utilizan los actores de El Pimiento Verdi.
El fundador de Els Joglars sostiene los platos que utilizan los actores de El Pimiento Verdi.

Después de ver un ensayo de ballet en la primera planta del enorme edificio de la calle Cea Bermúdez, el director de los Teatros del Canal sube a su lugar de trabajo del segundo piso. “Este es un despacho poco solitario. Hay unos turnos constantes de gente”, comenta Albert Boadella (Barcelona, 1943). Lo hace en una sala amplia y de decoración austera, en la que sobresalen los cuadros de paisajes que pinta su mujer. Es el despacho en el que recibe a los artistas y sus propuestas, y donde basta con la luz natural para trabajar al mediodía.

El jueves pasado puso en escena El Pimiento Verdi, una obra operística en la que entran en un combate musical los partidarios de Wagner contra los de Verdi. El espectáculo, inspirado en sus experiencias en el restaurante homónimo de Madrid, trata de recuperar con mucho humor los debates artísticos que Boadella lamenta no ver en la actualidad. “Antes la gente discutía, se peleaba por los escritores, los pintores, los músicos. Ahora estamos en la sociedad del buen rollo y solo hay pasión para discutir sobre fútbol”.

El director catalán asegura que la dirección de un teatro no es muy diferente de la de una empresa. “Se trata de atraer clientes y de rentabilizar el dinero, algo aún más importante cuando se trata de dinero público, que es cosa sagrada para nosotros”. Boadella, sin embargo, cree que para ser jefe de una empresa artística hay que tener mayores dotes de psicología. “Con el actor o el cantante hay que tener cierta delicadeza porque pone su cuerpo como instrumento principal de trabajo y cualquier indicación que se haga puede crear confusión entre lo personal y el personaje”.

Llegar a la dirección del teatro en 2009, justo con el derrumbe de la economía, no le ha impedido disfrutar de la tarea ni cosechar algunos logros. “Con la crisis se da la paradoja de que sientes que estás haciendo una labor social importante. Hay que dar una cierta alimentación de alegría y de ideas”. El dramaturgo asegura que los Teatros del Canal funcionan mejor ahora que cuando tenían el doble de presupuesto al inicio de su gestión. “Hemos conseguido agudizar el ingenio y conseguir que las cosas funcionen mejor con el esfuerzo de toda la gente de la casa”. Su receta: ser funcionales en todo, no hacer gastos inútiles y hacer cosas “aunque sea sacándolas de las piedras”.

La “contaminación del público”, por mal que suene, es lo que Boadella menciona como su estrategia más exitosa. “La gente viene al teatro interesada en un determinado tipo de obras y, al ver algo diferente que se presenta la semana siguiente, se apunta”. El público más variado que se ve hoy en las salas de la institución madrileña es, según su director, resultado de que él ha procurado no caer en la tentación de imponer su gusto a la programación.

Ahora estamos en la sociedad del buen rollo y solo hay pasión para discutir sobre fútbol”

El fundador de la compañía de teatro Els Joglars dice trabajar más que cuando tenía 20 años, pero admite que la edad le ha llevado a desarrollar estrategias “físicas”, como la de concentrar por las mañanas los compromisos en los que necesita mayor lucidez. Otras viejas costumbres son estrategias sagradas: “Los largos desayunos con mi mujer son una especie de iluminación para empezar el día".

El fugitivo de Cataluña

Uno de los episodios más espectaculares de la vida de Albert Boadella no transcurrió sobre el escenario, pero tuvo mucho que ver con el teatro. En 1977, a raíz de una obra en la que los militares “no salían bien parados”, el dramaturgo y fundador de la compañía de teatro Els Joglars fue enviado a prisión, acusado de injuriar a las Fuerzas Armadas. “Pedían una pena muy larga y decidí evadirme”. Con ayuda de su mujer, que le dio botellitas con su sangre y un anticoagulante, simuló una enfermedad, fue trasladado al hospital y así dio el primer paso para una huida de película.
“Me tragaba una antes de ver a los funcionarios y simulaba un vómito de sangre frente a ellos”, se ríe al recordar el episodio. Tras ganarse la confianza de los guardias con su buena conducta, consiguió que le quitaran las esposas, algo imprescindible para su plan de fugarse por la ventana del baño. Lo logró el día antes del consejo de guerra que lo juzgaría. Entre la ropa para la gran cita su mujer escondió una peluca y una bata de médico, con la que engañó a los pacientes de la habitación vecina del quinto piso, tras caminar por una cornisa que unía las ventanas de los baños.
Entre los aspectos más polémicos de su trayectoria se cuenta su crítica al nacionalismo de su tierra natal. En 2007 presentó en Barcelona el libro Adiós Cataluña y afirmó que no volvería a actuar allí por el boicot que siguió a su postura. Hoy prefiere Madrid, “la ciudad de los desarraigados”, donde nadie “reivindica una etnia”. Boadella afirma que los catalanes están “aferrados a unas cuestiones territoriales que son enfermizas”.

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