Tribuna

Compromiso empresarial para cambiar el país

Ha pasado la hora de la sorpresa, del lamento y hasta de la indignación. El periodo forense de esta crisis hay que cerrarlo definitivamente. Ha llegado la hora de la reacción. La de empezar a actuar con decisión para salir de este estado de paralización en el que nos encontramos y que amenaza con engullirnos. Y si de algo hay que comenzar a empaparse ya es de la idea de que no podemos esperar que las soluciones vengan solo de las páginas del BOE o de los dictámenes de Bruselas.

De aquí solo se sale con el compromiso colectivo de todos, por mucho que nos cueste o por mucho que tengamos que reinventarnos. Porque ese es el camino, el de la reinvención de nuestros viejos modelos de actuación para reconvertirlos hacia el objetivo del crecimiento, del desarrollo, de la generación de más riqueza y empleo. Y, posiblemente, los primeros que tenemos que afrontar este proceso somos los directivos y empresarios.

De la misma manera que se dice que implantar con éxito una decisión empresarial depende del compromiso de la alta dirección, ahora debemos ser los que gozamos del privilegio de disfrutar de esa posición los que pongamos nuestra responsabilidad al servicio de España. Por nuestras capacidades, posición, influencia e impacto social de nuestras estrategias y decisiones, debemos ser pioneros en esta tarea de regeneración. Buena parte de la responsabilidad de cambiar el país está en nuestras manos. Y hay que empezar a moverse. Un primer paso será reenfocar nuestros criterios y objetivos, priorizando todas las decisiones que impliquen crecimiento y creación de empleo. Velar exclusivamente por los resultados de nuestras empresas es quedarnos muy atrás en la puesta en valor de nuestras capacidades para cambiar el rumbo social. Cuando está en juego, entre otras cosas, el futuro de un par de generaciones, cualquier decisión debe estar impregnada de un sentido social y moral que repercuta en la generación de valor para el país.

El liderazgo empresarial debe abandonar como único territorio los balances y cotizaciones, y adentrarse con igual fuerza en el campo de lo social, con la creación de empleo como paradigma. Distinguirá a aquellos que sean capaces de transmitir a sus organizaciones la necesidad de este cambio de orientación de objetivos hacia lo global, con plena conciencia de la repercusión que tienen en los demás las decisiones corporativas. Una vez digerida la idea de compromiso empresarial para el crecimiento, lo siguiente es reactualizar el catálogo de decisiones y estrategias de base social con el que podemos contar. El aunar estas decisiones de modo colectivo tendría un doble efecto benéfico, no solo en la mejora social de España y en la disminución de las tasas de desempleo, sino también en el incremento de la capacidad productiva y en el aumento de la demanda, al incorporarse más personas al mercado de trabajo e incrementarse la renta disponible de las familias. De esta manera, se estimularía el consumo y seríamos capaces de transformar el círculo vicioso en el que nos encontramos en uno virtuoso que redundaría, por ende, en el beneficio de nuestras propias organizaciones.

Por poner un ejemplo, todos somos conscientes del alto grado de virtuosismo que hemos alcanzado en la optimización de nuestros procesos productivos, que muchas veces desemboca en actuaciones de deslocalización. ¿Cuántos de esos procesos pueden reinvertirse y traerlos de nuevo a casa? Su impacto en el empleo sería contundente.

La tecnología, acompañada de modelos de gestión muy experimentados, puede ayudar a crear grandes centros de conocimiento especializados para la subcontratación de un buen número de procesos empresariales ajenos al núcleo del negocio; que serían muy intensivos en mano de obra cualificada.

La mera tarea de selección de dirigentes en nuestras organizaciones puede ser un elemento de refuerzo de compromiso social si ayudamos a destacar a aquellos empapados de ese ideal. La innovación como motor del crecimiento y del empleo tiene capacidades casi ilimitadas. Un buen número de grandes empresas podrían institucionalizar esfuerzos para desarrollar toda una comunidad a su lado de laboratorios, diseñadores, desarrolladores, tecnólogos y similares, que aglutinarían talento creativo y riqueza. Cualquiera que se ponga a pensar amplía la lista en muchas más opciones al alcance de directivos y empresarios.

Si el ejemplo cundiese, la repercusión social sería más que evidente. Pero la clave de todo está en ese cambio de actitud ante la visión global de lo que debe ser una estrategia empresarial en este nuevo entorno. Todos sabemos que el valor de un profesional es el resultado de la combinación de tres elementos: los conocimientos, las habilidades y las actitudes. El conocimiento y las habilidades suman; las actitudes, multiplican.

David Sastre es Director Corporativo de Planificación Estratégica de Seur

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