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Italia desnuda las recetas europeas

Lo malo de la democracia es que la gente se la toma en serio. Los italianos han hablado a su efervescente manera, pero de forma clara. Los poderes establecidos en Europa se lamentan de que los partidos proreformas no obtuvieran mayoría para gobernar en Roma. La votación ha abierto semanas de incertidumbre de la que el país podría prescindir. Cualquiera que sea el próximo gobierno, y sin importar lo estable que sea, Italia pagará un precio si fracasa en sus reformas.

El grupo de “austeros” que actualmente manda en Bruselas y Fráncfort, por otro lado, también deberían considerar reformar sus métodos. Sus severos sermones sobre la austeridad, y su abierta preferencia por el candidato tecnócrata Mario Monti, que rozaba la intromisión, contribuyeron al caos actual. Los italianos han rechazado la regla de la razón tecnócrata, los cánones que se elaboran en los pasillos de la Comisión Europea y el Banco Central Europeo (BCE). ¿Quién puede culparles y qué ha hecho la razón por ellos? La tecnocracia ha dejado Italia con una tasa de paro del 8% y un PIB un 8% inferior a su máximo de 2007.

Puede ser que los italianos recuerden cómo el predecesor de Monti, el infatigable Silvio Berlusconi, tuvo que irse en noviembre de 2011 después de una jugada orquestada por Francia, Alemania y el BCE. Las elecciones del domingo podrían significar simplemente el retorno de la política italiana a los italianos. Para bien o para mal, es como debería ser.

El control de la política italiana ha vuelto a los italianos, como debe ser para bien o para mal

La prioridad para el próximo gobierno debería ser el crecimiento. Quien esté en el poder estará ayudado por el legado fiscal de Monti, un superávit primario de más del 3% del PIB. Y cualquier gobierno estará limitado por el palo del mercado y la zanahoria del BCE.

Los intereses del bono a diez años crecieron hasta el 4,8% ayer pero permanecen 2,5 puntos porcentuales por debajo de la crisis de noviembre de 2011. Y la perspectiva de una intervención del BCE calmará los nervios en tanto que el gobierno italiano no se embarque en unas políticas irresponsables.

Mientras, lo mejor que pueden hacer las autoridades europeas es mantenerse en silencio cuando un país decide si prefiere democracia y crecimiento a la tecnocracia y la austeridad.

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