EDITORIAL

Riesgo y rentabilidad en las inversiones

La crisis financiera que arrancó hace justo cinco años, y que se ha transformado en una crisis de deuda soberana tras cercenar el crecimiento económico con diferente intensidad en varias zonas del globo, ha cambiado la percepción de seguridad que los inversores y los particulares tienen en el euro y su futuro. De manera fundada o no, la duda sobre el gran proyecto europeo de Unión Monetaria ha calado en muchos colectivos, aún minoritarios, de casi todos los países europeos, y han comenzado a desenterrarse -cierto que con muy poco fundamento- fantasmas del pasado acerca de la sostenibilidad del ahorro y los patrimonios de la población.

Las decisiones de la semana pasada en Bruselas, donde los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea dieron un paso al frente sobre la construcción definitiva de los esquemas de protección de la moneda de más de 350 millones de europeos, han despejado algunas dudas. Aunque el pesimismo siga pesando sobre los índices de los mercados financieros, tanto sobre los activos de deuda como los de renta variable, las decisiones políticas para cerrar el círculo del euro están tomadas y los líderes nacionales, comprometidos. Eso sí, el desarrollo legislativo de sus acuerdos en la cumbre tardarán en llegar, y bien podría pasar un año completo hasta que unión fiscal, unión bancaria y adquisición de deuda en el primario y en el secundario por parte de los fondos de rescate estén en marcha.

Se quiera o no, mientras tal cosa ocurre, la incertidumbre sigue marcando las decisiones de una buena parte de los inversores, y con ellas la evolución de los precios de los activos financieros, tanto los de países del norte, aparentemente más seguros y sólidos, como los del sur, en los que las sospechas de insolvencia se han cebado por el altísimo nivel de deuda pública y privada contraída, y por la paralización de sus motores de crecimiento.

La salida de dinero extranjero de España ha sido significativa en los últimos meses, cuando los mercados sospechaban que los políticos podían dejar morir el invento de unión monetaria sin hacer nada por salvarlo. Pero las subastas del Tesoro siguen revelando un elevado apetito por el papel emitido por España, y parece pesar más en el ánimo del dinero la alta rentabilidad prometida que las remotísimas posibilidades de que el país no honre su deuda en el futuro. Y en este renovado escenario de inversión en el que se mueven las decisiones entre la precaución, el riesgo y la rentabilidad, precisamente las emisiones del Tesoro se han convertido en una de las opciones con mayor retorno para los particulares, e incluso para los gestores de los fondos.

Los especialistas siguen llamando la atención sobre el valor de la liquidez en un momento con relativas incertidumbres, y la banca sigue ofreciendo jugosas rentabilidades para los depósitos, un sucedáneo de la liquidez, para cebar su financiación y depender cada vez menos de los caprichos de un interbancario casi cerrado y de una inyección del BCE regular, pero excesivamente condicional.

La opción de los grandes fondos que invierten en economías emergentes, tanto europeas como asiáticas o latinoamericanas, sigue presente en las ofertas del mercado, pero cada vez más analistas advierten de los niveles históricamente bajos en los que se mueven los precios de la renta variable en España y en otros países europeos. Seguramente hoy no hay fundamentos para justificar precios más elevados para las compañías españolas, ni siquiera para aquellas que operan fundamentalmente en mercados muy diversificados y seguros. Pero si los dos nudos que maniatan a la inversión hoy en España se desatan encadenadamente, las cotizadas españolas vuelven a convertirse en un núcleo de atracción de dinero ávido de lograr rentabilidad.

Mírese por PER (número de veces que el beneficio por acción está incluido en el precio de la acción); mírese por valor contable sobre valor de mercado; mírese por cartera de pedidos, o mírese por flujos de caja, la gran mayoría de las empresas españolas esconden rentabilidades muy atractivas. Pero hay que desatar los dos nudos: el de la financiación tras ensamblar todas las piezas de la Unión Monetaria europea y, con él, el del crecimiento económico, que dependerá en buena parte de la resolución rápida de los problemas de la banca.