EDITORIAL

Rigor y compromiso en el puzle bancario

La transformación del sector financiero iniciada en España con la normativa que forzaba a las cajas de ahorros a convertirse en bancos, ya en 2010, debe concluir en los meses que quedan de este año con una reestructuración y concentración de entidades de la envergadura suficiente para devolverle la solvencia que se precisa y tirar del carro de la actividad económica de la que sigue siendo la cuarta economía de la zona euro. En ese rosario encadenado de acontecimientos, estas semanas son claves, pues en ellas deben solventarse algunas de las operaciones de concentración básicas para clarificar el paisaje y conocer qué mecanismos utilizará cada firma para sanear sus balances y capitalizarse. Resuelto el futuro de una de las operaciones más manoseada durante los últimos meses, como es la absorción de las dos grandes cajas castellanas (ahora Caja España-Duero) por parte de Unicaja, que supone crear una entidad cercana a los 80.000 millones de euros de activos, es cuestión de días el cierre de la absorción por parte de CaixaBank de Banca Cívica.

En paralelo, y tras la adjudicación de Unnim a BBVA, debería acelerarse la subasta de Banco de Valencia (filial de Bankia) y también dar una salida definitiva a las otras dos grandes entidades nacionalizadas: Catalunya Caixa y Novagalicia. Aunque el calendario para estas dos operaciones será más dilatado, no estaría demás anticiparlo para cerrar el círculo lo antes posible, pues si de algo está necesitada la economía es de un sistema financiero que recupere la credibilidad y la solvencia como para cumplir con su finalidad, que no es otra que poner en contacto el ahorro con la inversión. Estas dos entidades, tanto las catalanas como las gallegas, tienen un tamaño lo suficientemente grande como para considerar prioritaria su subasta, puesto que quien resulte ser el mejor postor en cada caso tendrá que reestructurar la nueva dimensión de su negocio. Y desde luego Gobierno y Banco de España tienen que testar si Bankia puede seguir sola, como creen sus gestores, o si necesita otro tratamiento, como cada vez más analistas sospechan.

En todo caso, estas subastas correrán en tiempo paralelo a un intenso proceso de saneamiento de los activos dañados, y que suponen nada menos que 50.000 millones de euros que deberán estar aflorados este mismo año para las entidades que puedan hacerlo por sí mismas, o antes del 31 de diciembre de 2013 en el caso de aquellas firmas que opten por operaciones de concentración, para cuyo planteamiento, por cierto, el calendario es tan exigente que únicamente faltan 75 días.

Los plazos establecidos pueden parecer ciertamente exigentes para lo abultado de algunos esfuerzos financieros. Pero no puede existir ni el más mínimo relajamiento en las fechas en ninguno de los casos, porque la economía no puede esperar. El ritmo acelerado con que el Gobierno ha puesto en marcha otras reformas, así como la profundidad de las mismas, aconseja ser no menos exigente y riguroso con los plazos y los requerimientos financieros para la reestructuración bancaria. Es la única forma de que las fallas capitales que tiene la economía estén resueltas a la vez y puedan tener un efecto multiplicador sobre la demanda y la actividad económica lo antes posible.

Cierto es que sigue siendo arriesgado aventurar en qué momento la economía se estabilizará para volver a crecer; pero será antes cuanto más se acelere la resolución de los problemas. Otras reformas dependen de la aplicación de normas, como es la reforma laboral o la subida de un impuesto; pero la reforma financiera depende de multitud de voluntades, y de su comunión dependerá que se despejen las dudas más pronto que tarde.

En 2011 la concesión neta de crédito descendió notablemente, y en el mejor de los casos no se espera que haya crecimiento del mismo en este ni el próximo año. La economía puede crecer sin crédito si los recursos los aporta el ahorro de familias y empresas; pero no podrá hacerlo de forma consistente si la sangre del crédito no fluye por las venas de la economía. Y para ello es inexcusable recuperar para el sistema financiero el aspecto de solvente y comprometido que tenía antes de la crisis y en el que no haya ni una sola entidad que no pueda seguir el ritmo. La liquidez abundante proporcionada ahora da margen para arreglar las cosas, pero no puede ser la adormidera que las aplace.