EDITORIAL

Autodescalificadas

El extraordinario peso que las notas de las tres grandes agencias de calificación crediticia han tenido en el desarrollo de esta larga y aguda crisis solo podrá ser cuantificado por los historiadores de la economía en tiempos venideros. La opinión negativa de Standard & Poor's, Moody's o Fitch ha desencadenado momentos de enorme gravedad que incluso han llevado a los departamentos de Economía y Finanzas de no pocos países a acelerar decisiones, cuando no a improvisarlas, en busca de mejorar nota. Esto, aparte de poner de manifiesto la escasa seguridad de los dirigentes en sus políticas, da pábulo a la siempre dispuesta teoría de la conspiración por la que unas indefinidas fuerzas estadounidenses -de donde son originarias las tres grandes- se alían para poner en dificultades al resto de las economías mundiales. Pero todo es más sencillo. Por un lado, la capacidad de ciertos técnicos para analizar objetivamente la realidad y su proyección en el futuro ha demostrado, cuando no se trataba de una obviedad manifiesta, importantes carencias. Por otro, la sospechosa coincidencia entre el calendario de las operaciones de colocación de deuda y las calificaciones con nocturnidad previa solo hace recordar que el objetivo de las agencias y de sus accionistas está en hacer negocio, y si es pingüe, mejor. También aquí el tiempo coloca las cosas en su sitio. Y eso está pasando con el empobrecimiento de la influencia de las últimas notas. Las agencias no son quiénes para marcar la agenda. Hay que preguntarse qué políticos tiene Europa para que esto haya llegado a ser así.