COLUMNA

Y de la corrupción, ¿qué?

Contaba Javier Pradera que los fieles más incondicionales acudían en tropel a la estación de Atocha en San Sebastián para despedir a su abuelo don Víctor, prócer indiscutido del tradicionalismo, cuando terminada la temporada veraniega se cumplía la fecha en que había de reincorporarse a sus obligaciones políticas y profesionales en Madrid. Don Víctor optaba por acodarse en la ventanilla para departir los últimos minutos antes de su partida con sus seguidores apiñados en el andén, empeñados en plantearle sus últimas preocupaciones en demanda de criterios solventes.

En una de estas ocasiones, a finales de septiembre de 1905, cuando el tren empezaba a desperezarse iniciando la marcha, todavía alguien quería saber sobre una cuestión de calado y preguntó: "Don Víctor, ¿y de la teoría de la relatividad, qué?". La respuesta fue contundente: "Ya hablaremos a mi vuelta, Marchitorena, pero de eso, nada".

Ahora no concluye temporada veraniega alguna porque además ha desaparecido el veraneo para ser sustituido por las vacaciones, las cuales tienen pautas más restringidas en espacio y tiempo aunque su aplicación se haya extendido a capas de la población antes excluidas.

Es decir, que la desaparición del veraneo de unos pocos se ha producido en paralelo con el disfrute de vacaciones de otros muchos. Además, la escena de un viajero acodado en la ventanilla de un vagón de ferrocarril ya es inimaginable porque las ventanillas están selladas y la única comunicación con el exterior queda limitada a la apertura de las puertas durante las paradas que se puedan producir en el itinerario.

Aquellos letreros que rezaban: "Es peligroso asomarse al exterior" han desaparecido porque las ventanillas han dejado de ser practicables y asomarse es imposible. Tampoco en días como estos podrían acceder hasta el andén los adictos o los disconformes porque las despedidas y recepciones se han desplazado y tienen lugar en las estaciones mientras por los andenes solo está permitido que transiten los viajeros con billete.

Otra cosa es la pertinencia de las preguntas. Al donostiarra del cuento le inquietaba la teoría de la relatividad que acababa de enunciar Albert Einstein sin que se hubiera explorado todavía por los teólogos de cabecera su compatibilidad con las verdades del Credo y de los Artículos de la Fe. Se dejaban sentir algunos presentimientos y algunos científicos como el profesor español Julio Palacios se adelantaban a impugnar por si acaso a Einstein.

Por eso en la incertidumbre de aquellos momentos aurorales surgía la demanda de criterios como los que podía aportar Víctor Pradera. Ciento doce años después, los interrogantes sobre la relatividad han recibido respuesta y comprobación experimental.

Pero el proceso inverso, el que a partir de observaciones permite establecer una teoría capaz de dar cuenta de todas ellas sigue pendiente, por ejemplo en el caso de la corrupción ambiente que nos desasosiega. Porque ahora la pregunta -después del debate de investidura como presidente del Gobierno de Mariano Rajoy, los días 19 y 20 de diciembre, y del debate sobre las conclusiones del Consejo Europeo, el pasado día 8- sería: "¿Y de la corrupción, qué?". Porque, inundados como estamos de noticias sobre corrupción de la trama Gürtel, sobre los manejos de la Fórmula 1, sobre los aeropuertos esculturales de Carlos Fabra, sobre la banda sonora de la visita del papa Benedicto XVI a Valencia en julio de 2006, sobre los ERE de Andalucía, sobre las fusiones de las cajas con resultado de indemnizaciones millonarias en euros a los causantes de los desastres, asistimos a los debates más arriba mencionados, nos mantenemos a la escucha, y de la corrupción, como le dijo don Víctor a Marchitorena de la relatividad, "ya hablaremos a la vuelta, pero de eso nada".

En medio de tantas invocaciones a la dificultades que habremos de afrontar, los corruptos siguen campando por sus respetos y los cargos se distribuyen a la rebatiña entre cuñados y demás parientes. Einstein enunció la teoría de la relatividad, que se confirmó por vía experimental. Pero de los casos observados de corrupción nadie ha procedido a deducir una ley que sea capaz de dar cuenta de ellos.

Miguel Ángel Aguilar. Periodista