COLUMNA

Bruselas debería dar margen a España

Pensar un objetivo de déficit presupuestario realista para España es un poco como tratar de fijar una hora para encontrarse con un amigo que a veces se retrasa mucho. El país cerró 2011 con un déficit presupuestario de más del 8% del PIB, muy por encima del objetivo del 6%. Con ese punto de partida, España tendrá que luchar para alcanzar la meta del 4,4% del PIB en 2012. No debería esforzarse al límite.

España puede que se retrase, pero está en camino. El déficit se ha situado en una tendencia decreciente desde el máximo del 11,1% del PIB en 2009. Además, el ritmo del Gobierno está limitado por la situación económica. Los anteriores objetivos del Pacto de Estabilidad se basaban en unas expectativas de crecimiento que no se han materializado, un 1,3% en 2011 y un 2,3% este año. El Banco de España prevé una contracción del 1,5% en 2012; el FMI la ha fijado en un -1,7%.

Aunque el cumplimiento del objetivo teóricamente es posible, un crecimiento más lento supone que el dolor será tremendo, sobre todo con una tasa de desempleo del 23%. Unos profundos recortes del Gobierno podrían debilitar todavía más el PIB. Es cierto que un cambio en los objetivos puede acabar con la sensación de urgencia que ha impulsado el programa de reducción del déficit. Concretamente, un objetivo menos ambicioso podría reducir la presión sobre los díscolos Gobiernos regionales, responsables de la mayor parte del fracaso del año pasado. El riesgo es que el amigo podría llegar incluso más tarde. Pero la alternativa es que pueda llegar cojeando a la reunión o que no se moleste en presentarse.

El objetivo fallido del año pasado es un buen punto de partida y aun así va a ser duro. Algunos economistas piensan que solo se puede llegar con una reducción del déficit estructural de al menos tres puntos del PIB, unos 30.000 millones de euros. España no sería capaz de fijar ese objetivo de forma unilateral. Pero sería en el interés de la UE el lograrlo. Después de todo, los inversores están aumentando su preocupación por el crecimiento tanto como por el déficit. La UE podría ayudar a reconciliar las metas al pedir algo a cambio de su flexibilidad en los objetivos: reformas estructurales más profundas que las que España está planeando actualmente.