COLUMNA

La realidad puede morder en Corea

El mayor logro de Kim Jong-il fue mantener alejada a Corea del Norte mientras el resto del mundo se unía. El Querido Líder, que murió el pasado 17 de diciembre según la prensa estatal, no lo logró completamente: el "Estado ermitaño" importa energía y comida de China, y últimamente botellas de coñac francés. Pero la búsqueda de autosuficiencia ha dejado a su gente en la ignorancia del mundo moderno y con penurias. El sucesor de Kim tendrá que luchar para levantar esa pesada carga.

Su régimen sobrevivió gracias a un extraño culto a su personalidad, nepotismo, movilización de masas y fuerte represión -Corea del Norte dedica alrededor de un cuarto de su PIB en defensa-. Como Stalin en la URSS, Kim murió pacíficamente y en el poder.

Su fallecimiento no debería perturbar demasiado al mundo debido al casi total aislamiento del país, incluso a pesar de los temores de ataques militares por parte de Corea del Sur, y las inquietudes de China por la posibilidad de que hordas de detractores crucen el río Yalu. Todo un contraste con la eurozona, donde políticos y reguladores luchan por mantener las conexiones financieras fuera de efectos tóxicos. Pero una autarquía fallida hace que la transición política sea más difícil. Consideremos China. Cuando Mao murió en 1976, el país empobrecido y aislado sufrió una serie de pequeñas crisis, incluyendo la toma de poder de la llamada Banda de los Cuatro. El cambio de liderazgo que comienza en 2012 será más suave, en gran parte porque el comercio ha enriquecido a la gente y el éxito económico ha dado legitimidad al Gobierno.

¿Se abrirá o no Corea del Norte? Es una incógnita, aunque la influencia china, que ya ha abierto zonas de comercio en la frontera norcoreana y que tiene poco interés en ver un Estado nuclear fallido, sugiere más apertura. Asimismo, el crecimiento de los abonados de telefonía móvil apunta que la reclusión de los norcoreanos ya se desmorona. Una buena señal.